El diario de un loco y El gorila. [Inserción manuscrita de la autora.] Teatro Jesús Urueta. Autor, Nikolái V. Gógol.
Adaptación, Roger Coggio. Traducción, Eleazar Canale. Dirección, Alexandro. Escenografía, Vlady. Música, Raúl Cossío. Actor
único, Carlos Ancira.
Después de un período de relax, Alexandro vuelve al teatro dirigiendo dos obras que
causarán gran impacto en el público: El diario de un loco de Nikolái V. Gógol y El gorila de Kafka.
Una obra se representa por las tardes
y otra por las noches. Anuncia Alexandro, además, para los lunes, una serie de
representaciones de los “Clásicos de vanguardia”
que se iniciará con Las sillas de Eugène Ionesco. Un programa de esta magnitud indicaría ya una actividad
inusitada, pero si se toma en cuenta el género de teatro
de que se trata y la calidad con la que este director
acostumbra montar las obras que selecciona, tiene que admitirse que
esta temporada será de los acontecimientos de
más interés para los teatrófilos.
¡Qué
satisfacción produce llegar al teatro y ver
una obra en la que todo se conjuga para dar al espectador una emoción
plena! Es como una compensación de todas esas
noches en las que la asistencia al teatro
deviene en una larga decepción. El diario
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diorama
teatral
por mara reyes
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de un loco hace olvidar los dolores pasados en las butacas de muchos de los teatros capitalinos.
La adaptación teatral de Roger Coggio toma la forma monologal original y con ella resuelve todos los
problemas.
El autor, de quien dijera Dostoievsky que “todos provenimos de la capa de Gógol” muestra cómo
un hombre se va desplomando hacia la
locura. Pero no presenta su derrumbe
tal como el mundo lo advierte sino que descubre el esqueleto de éste desde
dentro, mostrando su locura como algo
natural en él, algo lógico. El hombre va llegando a ella a través de un
desarrollo emocional inevitable. Vemos la
demencia desde el interior y no desde
el exterior. La comprendemos, la sabemos necesaria e ineludible.
El espectador va contemplando con ojos asombrados, horrorizados, la creación de un mundo
alucinado. Presencia
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cómo aquel hombre comienza a
inventar su propio universo, un universo que lo acoge, que le permite vivir; un
universo que no es para él un enemigo.
La fantasía del hombre lo hace
concebir un mundo que lo recibe con los
brazos abiertos y no con agresión o con
indiferencia, como su mundo real. Vemos entonces la existencia de la locura como un acto noble de la naturaleza, la admitimos como salvación,
como forma piadosa de evasión. Pero lo dramático
sobreviene cuando el mundo de esa
fantasía se ve invadido por el mundo real; en el momento en que choca un universo con el otro -lo que era inevitable- es cuando el hombre ya no tiene salida posible, se encuentra en la
disyuntiva de escoger entré un sufrimiento insoportable, emocional, y un sufrimiento insoportable, físico… ¿cómo escoger? Un mundo le proporciona
un género de tortura que su mente no
admite y el otro, un género
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de tortura que su cuerpo no resiste... y viene entonces el grito de
angustia, el refugio final y primario en la madre a
quien busca mentalmente y le pide que lo salve...
El hombre está perdido...
El autor
estruja, oprime, desgarra al espectador, pero le advierte que no hay evasión
posible, que toda huida termina por
enfrentarnos con la realidad.
El trabajo de Carlos Ancira es uno de los
más notables
de su carrera. -¡Y vaya que tiene en su haber
positivas obras
maestras de la actuación, y tantas que sería largo
enumerarlas!- Va haciendo llegar a su
personaje a la enajenación con esa suavidad con que el botón se
convierte en rosa y no podría precisarse en qué momento comenzó a ser flor.
Escenas como aquélla en que descubre como una verdad que él es el “rey de España” es de una precisión
matemática, de un equilibrio perfecto. Lo mismo
podría decirse de muchas otras escenas en las que derrocha sus dones expresivos a
diestra y siniestra.
¡Qué decir de la dirección de Alexandro! De esa
magistral forma de servirse de cada elemento escenográfico, de cada pieza de
utilería. ¡Qué manera de hacer viviente un mueble como el “catre” que se
convierte en potro de tortura! ¡Qué forma de
penetrar en un personaje, hasta el
fondo, de desintegrarlo para volverlo a armar! Es un director que ha ido sutilizando [sic] sus medios expresivos. Después de sus experimentos
-que han escandalizado a algunos- ha
ido recogiendo lo mejor de su cosecha y nos lo presenta ahora como un retoño natural, sin mistificaciones. Detalles como el del cepillo
con el que el personaje pretende limpiarlo todo, demuestran además el estudio
profundo que hizo del personaje y de este tipo de padecimientos mentales.
Un personaje más de la obra es la música, compuesta
por Raúl Cossío, y otro, la escenografía del pintor Vlady. Estos dos “personajes” son los únicos
que dialogan con el “loco”. Ellos expresan lo mismo sus sensaciones íntimas, que hablan por todos los hombres cuerdos, por los carceleros de él, por sus compañeros de trabajo. Escuchamos sus voces a través de un acorde, o de una luz, o de
una pared. Sin esa música, sin esa escenografía, el espectáculo habría permanecido trunco… y esto es lo mejor que
puede decirse en favor de ellas.
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