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Jean Anouilh divide su mundo teatral en dos partes; de un lado coloca sus piezas rosas, con temas sentimentales o vagamente románticos, y del otro las negras, en las que se asoma a los abismos de los espíritus complicados. Propiamente Anouilh escribe dos teatros diametralmente opuestos, y el director que se atreve con sus obras debe considerar a qué mundo pertenecen, si al negro o al rosa. Romeo y Jeannette, que ahora sube al escenario del teatro Orientación, de la Unidad Artística y Cultural del Bosque, es una pieza negra por culpa de Jeannette, que es una mujer erotómana y sentimental a la vez; todo lo que toca con su amor, lo destruye. ¿Es buena? ¿Es mala? Es, simplemente, un espíritu turbio, sobre el que cabrillea el sentimentalismo y el deseo de amar. Otro personaje "negro" de la pieza de Anouilh es Lucien, obsedido por una lejana traición de su esposa que lo ha convertido en un cornudo irreductible y cínico. En la vida de estos seres se atraviesa el fino arroyuelo de un romance transparente entre la hermana menor de Jeannette y un novio inmaduro y poco sexuado. Entonces surge la tragedia "negra" de Anouilh, escrita hace treinta y cinco años y que por este motivo abunda en ideas que a muchos puede |
parecer fuera de lugar, del lugar en que ahora vivimos, Romeo y Jeannette llega a México un poco tarde, y lo que es más lamentable en una traducción mala de una editorial argentina. Su conflicto escénico no nos interesa. Y menos si consideramos que la señora Maruxa Vilalta de Yáñez la ha dirigido con extrema sencillez, buscando más lo anecdótico y sentimental que lo negro de las aguas que cruzan los espíritus atormentados de Jeannette y de Lucien. |