Es difícil encontrarle la medida justa a una pieza que estirándola puede convertirse en bufonada, sin que lo adviertan los actores impulsados por la euforia de personajes propicios a transformarse en tipos que no alcancen la categoría de personajes. Este es el caso de la comedia de Joseph Stein, seguramente de origen israelita, y muy probablemente de gran éxito en los Estados Unidos cuya población de origen judío es considerable.
Quiero ser alguien, título de esta pieza puesta en español por un incógnito señor Torban, parece estar dirigida a un público de judíos e hijos de judíos, porque en ella intervienen personajes por cuyas venas corre la sangre de este pueblo milenario. Quienes conozcan el teatro escrito por judíos y para judíos encontrarán en la comedia en dos actos y varios cuadros de Stein elementos bastantes para comprender el carácter abnegado y trabajador, humano, universal en una palabra, de quienes se proponen ser alguien y lo logran. En este caso se trata de un joven que se propone ser actor, vence innumerables dificultades, y logra debutar en lamentables condiciones. ¡Pero es alguien; es actor!
La comedia de Stein está construida con sencillez casi con ingenuidad. Un crítico de hace cuarenta años la definiría como... cinematográfica, porque la acción salta de un cuadro a otro, sin pausa ni reposo para la tramoya el apunte y el transpunte. Esta |
construcción fatiga al público, y también a los actores. Bajo la dirección de Rafael Banquells -concretándonos a los resultados de la primera representación- estuvo a punto de convertirse en bufonada, rebasó los límites de la farsa, salvo en momentos en que algunos actores tomaron en serio su actuación. Parece que fue elegida para probar al excelente galán cómico Héctor Suárez como actor que en verdad quiere ser alguien. El cronista cree que lo será, pero no por su actuación en la comedia de Stein, delirante, a veces desbocada.
Los actores veteranos, en el mejor sentido de la expresión, salen adelante con sus personajes; Fanny Schiller, Eduardo Alcaraz, Rafael Banquells, León Barroso. Otros personajes aparecen como incidentes en la acción, y los encargados de interpretarlos cumplen no más allá de encomiable discreción. Del equipo femenino, más rico en hermosura que en profesionalismo, destaca por su fino talento y serena actuación la señorita Irma Lozano. Lucen muy elegantes aparte de hermosas Gina Romand y Rosanelda Aguirre. Ojalá que antes que se marchite su espléndida belleza alcancen la categoría de actrices a que aspiran. Por ahora, su belleza es suficiente para llenar un escenario, aún con disco giratorio, como el del teatro de Los Insurgentes. No mencionamos por capricho el disco. Creemos que pudo ser mejor aprovechado si la tramoya hubiera funcionado mejor. Todo esto se arreglará con el tiempo. El tiempo lo arregla todo, y permite alcanzar la perfección.
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