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Eugenio Ionesco en Guanajuato

Armando de Maria y Campos

    Ionesco estuvo presente en Guanajuato con su breve pieza, La laguna. Llegó al público de la capital del Bajío por los fáciles canales de difusión de los grupos experimentales de las Escuelas de Letras y Arquitectura de la Universidad de Guanajuato. Se celebraba la V Semana de la Cultura y Feria del Libro, y asistimos a ella, como otras veces. Esta estuvo bajo el signo de Dante, con motivo de su cuatricentenario aniversario y de Diego Rivera, llamado el de Guanajuato, de actualidad constante. Dante, Diego Rivera, Ionesco, polos opuestos.
    El cronista se encontró perplejo antes de la representación de La laguna; continuó en tal estado de gracia durante la representación y entró al de desgracia después de ella. Porque Ionesco es la incongruencia misma, y produce incongruencia. En las piezas de Ionesco la lógica no encuentra sitio, ni la ética, ni la estética. Esto se advierte más en una representación por universitarios de letras y arquitectura. El cronista pretendía situar dentro de una posible cronología el nacimiento de La laguna. Algún enterado le dijo confidencialmente que era una de sus primeras producciones, consecuencia de haber sido reprobado, en su juventud rumana, en alguna asignatura. Al final de la representación otra persona, también presumiendo de enterada, le manifestó que era la última producción del escritor rumanoparisiense. Con Ionesco nunca se

sabe nada. Ni antes del verbo, ni en el verbo, ni después del verbo. El tema de la pieza -en un acto- cabe en la cuarta parte de un papel de fumar. Un estudiante de bachillerato que ha publicado libros, ha sido catedrático, tres veces premio Nobel, resulta reprobado en matemáticas elementales. ¡Qué de cosas ajenas y a veces propias del tema se le ocurren a Ionesco! Pero, ¿quién se atreve con Ionesco, si con él se atreven tantos y tantos?
    Ángel Ocampo construyó una escenografía y diseñó un vestuario de acuerdo con el texto del incongruente Ionesco, abandonándose a su propia fantasía a la que recreó con gran sensibilidad y acierto. Lozanoramos dirigió a los jóvenes y entusiastas intérpretes, que actuaron como títeres. Mejor que títeres. Porque Augusto Ferro demostró gran capacidad como actor dúctil y Salvador Jaramillo, además de actuar con agilidad histriónica, hizo gala de clara dicción. Pasaron por la escena, a grandes brazadas, para salvarse de un naufragio de incongruencias, Amalia V. de Ferro y Rodolfo Murillo.
    El cronista consigna que la representación se celebró en el gran teatro Juárez de la ciudad de Guanajuato, con concurrentes que cubrieron todas las localidades. En su mayoría catedráticos y estudiantes universitarios y entusiastas forasteros de León, Celaya, Salamanca, Silao, San Miguel Allende, México...