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Gigoló de Paul Geraldy, en el teatro Ofelia

Armando de Maria y Campos

    Dicen que las comparaciones son siempre odiosas. No lo creo, pero sí que son peligrosas. La pieza de Paul Geraldy, titulada en castellano por su traductor don Eleazar Canale, Gigoló, tiene un lugar significativo en la inmediata historia de nuestra vida teatral. Fue un éxito de taquilla, de curiosidad y personal para la joven actriz que entonces desempeñó uno de los principales personajes, como también el actor venezolano que se encargó del protagonista, gigoló en la escena. Como la Margot Barón -vedette explosiva en la pieza de Geraldy- se inició la brillante carrera de Ema Arvizu, y con ella concluyó. Después, la señora Arvizu quedó reducida a una actriz estimable, y como Ignacio Navarro desapareció de nuestra escena, con él se fue su insuperable actuación. Conviene fijar ahora la aclaración de que la pieza de Geraldy no es un vodevil, ni por su trama, ni por su tratamiento, ni por sus situaciones. Es simplemente, y qué difícil es lograrlo, una deliciosa comedia frívola.
    La reposición de Gigoló, ha sido desafortunada, y se han impuesto las comparaciones entre quienes pueden hacerlas. La nueva ola, ola verde aún por el tono de

nuestros últimos años teatrales, no se explica el éxito remoto de Gigoló. Es natural: faltan Ema Arvizu y Nacho Navarro. Los otros personajes son fácilmente reemplazables, y la dirección y presentación entonces sugerida con escenario sintético y mobiliario de alambre, es una más de las muy estimables que se acreditan al talento escénico de don Víctor Moya. Por eso decía antes que las comparaciones si no odiosas, sí peligrosas. El personaje de Margot Barón ha sido confiado a la joven Rosa María Vázquez, de hermosa arquitectura como lo pide la obra, pero en absoluto inmadura como actriz. No sabe hablar, y el teatro es palabra y matiz. Tampoco sabe actuar. Quienes metieron a la señorita Vázquez en esta aventura olvidaron que para llegar a ser actriz se requiere una larga paciencia. Eric del Castillo logra un buen gigoló y luce la primaveral belleza de Aurora del Moral, aprendiz de actriz. A Rebeca Iturbide le perjudica estar alejada de la escena; sin embargo, su profesionalismo se impone. Finalmente, Mario Delmar, profesional de la comicidad, transforma al personaje en hombre cómico. Y nada más, porque esta reposición teatral no da para más.