Juan Felipe Preciado, Bernarda
Landa, Regina Cardó, Jorge Patiño, etcétera...
Al ver Andorra no puede dejar de
recordarse por analogía, aquella de Priestley: Llega un
inspector. En ambas se
presenta a un pueblo entero como culpable de un crimen “involuntario”. En la de
Max Frisch el crimen ocurre como consecuencia
de la discriminación racial, en la de Priestley, por la injusticia social, económica y moral, que incluye la discriminación entre
las clases sociales.
Andorra no es una
obra más de las que se escriben en contra de la discriminación racial.
Su punto de vista va más allá de la crítica, estudia el fenómeno de
la discriminación a conciencia y penetra sicológicamente en el individuo que
sufre ese relegamiento de la sociedad. El hecho
de que Andri, que resulta no ser judío, actúe como perseguido y no quiera admitir que él no es judío, cuando ha sido educado toda su vida en la creencia de que sí lo es, es
un hecho significativo. Y el mismo autor se asombra “¿Cómo pueden ser más
fuertes que la verdad?” -exclama uno de sus personajes-. Cuando el padre de Andri se niega a que éste se case con Barblin, ya que sabe que ellos son hermanos, al escuchar la protesta de Andri, quien cree que la oposición se debe al hecho de que
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él es judío, vocifera el autor a
través de otro de sus personajes: “Ustedes atribuyen todo lo que les pasa en la
vida al hecho de ser judíos”; pero al
mismo tiempo justifica esa actitud perenne de
perseguido, presentando en forma evidente que la persecución es real y que
ella es la que conforma el miedo, el odio, la
desesperación.
La anécdota es ingeniosa y con ese retorcimiento paradojal que caracteriza
tanto a Frisch como a Dürrenmatt -los
máximos exponentes contemporáneos de la dramaturgia suizoalemana del momento-. Pero a mi juicio, Max Frisch, se excedió en sucesos, derramó demasiadas desgracias sobre el protagonista, acumuló un
número excesivo de acontecimientos en una
sola obra, de suerte que en ocasiones
llega a temerse de que sea sólo un
melodrama más, de los que abundan en
la literatura dramática. Si quería
narrar Frisch tal número de circunstancias,
pudo haber hecho una trilogía como los antiguos griegos, de modo que la anécdota respirara sin dificultad. La diversidad de situaciones acaba por restar fuerza
a la acción primordial.
Labor del director, Fernando Wagner, debió haber sido la de tratar de circunscribir la acción a lo
esencial privándola de lo accesorio. Y también la de aligerarle la pesantez a base de
una interpretación que acentuara lo sugerente, lo simbólico, lo “distanciado” -a lo Brecht- para que la visión fuera más amplia. Wagner en cambio, trató la obra
como si fuera costumbrista, cuando que Max Frisch sitúa la acción en una población imaginaria -Andorra-
precisamente para establecer el problema como
algo universal y no local. Y Wagner pecó especialmente de falta de imaginación. Una puesta
en escena menos realista y más alegórica,
habría resaltado los méritos de la obra y
disimulando sus defectos. Por lo contrario,
la dirección de Wagner, en esta ocasión, puso en relieve sus
deformidades y encubrió sus bellezas. Su dirección no tuvo los hallazgos que
aquella que realizara de otra obra de este tutor: Los incendiarios, sino que puso un sello escolar en la representación.
Los actores, respondiendo a los requerimientos del director y marcados con ese sello de
escolaridad, obtienen momentos vigorosos, pero nunca una secuencia sólidamente
construida. Los personajes, con altibajos,
llegan con frecuencia a la tipificación
o al exageramiento.
Los mejores trabajos fueron sin duda los de Bernarda Landa -en la personificación
muda de un retrasado mental-; la de Juan Felipe Preciado -en el soldado que piensa que “a dónde iríamos a parar si las
órdenes no se cumplieran” y que con su actitud discriminatoria colabora más que
otros en el crimen colectivo-; de Xavier Marc -en el personaje protagónico de
la obra-; la de Jorge Patiño -en un papel poco
atractivo: el de “inspector racial”, también mudo como el del idiota-; la de Regina Cardó y Rubén
Calderón -quien no desentona a pesar de ser esta su primera aparición en
escena-.
Rosa
María Caloca sumamente dispareja.
Falsa en muchos momentos, especialmente en su escena de la locura -a lo Ofelia- y en las escenas de amor. Farnesio de Bernal debe
procurar no repetirse, le he visto otras interpretaciones mucho más
afortunadas.
La escenografía que plasma en un
pincelazo en blanco y negro a todo un
pueblo, es un acierto de R. Montalvo.
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