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Nada le falta, ni nada le sobra, a la pieza de Héctor Azar, Olímpica, en tres actos, la primera grande que ha escrito este talentoso autor de las más recientes olas, para ser muy antigua y muy moderna. En efecto, Olímpica, tiene ecos griegos y prehispánicos y, sin embargo, es una pieza más de vanguardia, avanzada. Teatro avanzado es el calificativo que merece el que realiza la Compañía Universitaria bajo la inteligente y sensitiva dirección de Juan Ibáñez, que tiene las pestañas quemadas de tanto estudiar dirección escénica. |
centrados en los estados de conciencia de un adolescente mexicano, que según el autor, "pueden ser todos los adolescentes", chilangos por supuesto, como el que estas líneas escribe y por eso sintió tan hondo el ramillete de tragedias mínimas que viven los personajes en sitio tan reducido y misterioso como el cáliz de una rosa. De auto sacramental al melodrama cursilón -el suicidio a la vista del público de una vieja solterona- todo lo tiene Olímpica, de Azar. Inocencia, amor, frustración, desventura, ilusión o muerte metido en los moldes clásicos de los orígenes del teatro por el hábil juego de un doble coro, el de los átridas y el de las mujeres enigma -Fedra, Eufrosina, Libitina-, inmerso en un prisma de mil caras y hablando en un lenguaje poético y realista a un mismo tiempo. Teatro avanzado, en fin, dirigido con energía y ternura, con escenografía expresiva e interpretado por una promoción de actores que impregnan de frescura la acción conmovedora. Imposible resulta hacerle justicia a un jardín citando una por una cada flor por su nombre. Así pasa con el reparto al que por razones obvias basta definir como un espléndido jardín de actores que piensan alto, hablan claro y se mueven como si surgieran del fondo de una conciencia cosmopolita. Olímpica viene a ser, con ésto, suceso teatral mexicano de singular sensación y repercusión.
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