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Los nombres del poder, en el teatro Orientación, del Bosque de Chapultepec

Armando de Maria y Campos

    Grata sorpresa ha sido para la crítica mexicana y lo será para el público curioso, el conocimiento del autor polaco Jerzy Broszkiewicz, de las nuevas generaciones, pues nación en Lwow, el año de 1922, a través de su pieza Los nombres del poder, escrita y estrenada en Polonia en 1957.
    Broszkiewicz ha escrito en plena juventud Mónica, La espera, La forma de amor, Los apuntes, y El encuentro con la música, entre los años que van de 1945 a 1957.
    Tres piezas distintas, que la imaginación del espectador puede otorgarles continuidad, constituyen el espectáculo de la representación de Los nombres del poder, La primera pieza se titula Claudio, la segunda Felipe, la última, Ciento catorce. Las tres están basadas en hechos históricos, tratados con la más amplia libertad de pensamiento. La pieza Claudio nos lleva a la Roma del siglo II de nuestra era, y pinta el cuadro de un Estado totalitario que nulifica el ser y la acción de los hombres como individuos. El poder absoluto o nada para tener en un puño a la República. Nada de fraseología -ahora se llama demagogia-, que debilita a la colectividad y adormece al individuo. Por eso el cónsul Claudio manda ahorcar al cónsul Quinto.

    El acto segundo está situado en la España de Felipe, el católico déspota. Era trágica del oscurantismo español. La historia de aquella España sombría, vista por una mente joven de Polonia. Este acto es impresionante por su concepción fatalista, y por su tratamiento lo liga a época tan remota como la Roma del siglo II.
    El tercer acto es una versión contemporánea de la enorme cárcel en que vive el hombre en cualquier lugar de la Tierra. La sociedad actual -en su tesis- vive en una prisión inmensa, y los presos de todos los países se parecen entre sí, porque todo en esta vida, la vida de ahora, tiende a borrar rasgos que nos haga diferentes. Cuando el hombre cree estar en libertad, como su carcelero que disfruta de ella, y sale a gozarla, el carcelero queda preso, porque la prisión no desaparece.
    Dirigida la pieza de Broszkiewicz con sobriedad y expresionismo del más puro por Ludwik Margules, está interpretada por un magnífico equipo de actores nuevos, cuyos nombres es justo registrar en esta nota informativa: Ángel Pineda, Antonio Alcalá, Claudio Obregón, Juan Felipe Preciado, Alonso Almazán, Oscar Chávez y Clementina Lacayo. La escenografía sobria: el vestuario simbólico, muy novedoso de Benito Meseguer.