diorama
teatral
por mara
reyes
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María Tudor. Teatro Xola. Autor, Víctor Hugo. Traducción, J. P. Calderón. Dirección, José Solé. Escenografía y vestuario, Julio Prieto. Música, Oberturas de Rossini. Reparto: Ofelia Guilmain, Raúl Ramírez, Virginia Gutiérrez, Rolando de Castro, José Baviera, Rubén Rojo, etc. Es importante conocer una obra como María Tudor, expresión neta de la época
romántica en que vivió su autor. Es
interesante también comprobar cómo hay obras que pierden su vigencia, así como hay otras -las de los clásicos griegos- por ejemplo, que al tomar cuerpo vivo en la escena,
al revivir un mundo, vuelven a producir en
el espectador esa catarsis que buscaron sus autores.
María Tudor desgraciadamente forma parte del primer grupo de obras, y no del segundo. Aunque Víctor Hugo fue un
revolucionario en su época, hoy su obra no pasa de ser una curiosidad histórica privada de la flama que se
enciende con la comunión entre artista y el
público. Es en estos casos en los que se impone la reflexión de que no son los nombres los inmortales, sino las obras.
Las
formas pueden caducar,
las ideas y los conceptos modificarse.
Pero lo que no puede pasar de
moda es el contenido de la obra de arte que
debe siempre poder despertar la emoción íntima y profunda de aquél que la
contempla.
Las
formas de María Tudor son caducas, su
diálogo, el más adusto, produce la sonrisa. Las situaciones que presenta tienen todo el rebuscamiento del
melodrama, pero salpicado de esa cierta ingenuidad
que muchas veces aparece en el romanticismo.
Es
indudable que José Solé,
al dirigir algunas escenas aun las más dramáticas, se sonreía junto con sus actores.
¡La burla se adivina!, aunque para no utilizar esa palabra con ribetes de aspereza diría yo:
¡el regocijo!
¡Qué podía hacer Ofelia Guilmain para personificar a esa reina de opereta! Raúl
Ramírez sí, al menos, podía haberse maquillado más adecuadamente. |
escenografía y del vestuario, por cierto que en la
realización de este último -cosa que hay que aplaudir- se suprimieron los cierres automáticos que tan a
menudo han hecho anacrónicos los trajes de época, en otras obras del IMSS.
Hasta que la suerte los separe. Teatro Sullivan. Autor y director, Fernando Josseau. Escenografía, David Antón. Reparto: Jana Kleinburg, Guillermo Zetina.
No
es de extrañar que haya
quien se atreva a escribir teatro sin tener
la idea más remota de lo que eso significa.
Pero lo que sí es de llamar la atención es que haya empresarios y
actores que acepten la responsabilidad de llevar
a escena obras como la que ahora
presenta el teatro Sullivan.
Se
trata de una obra que no es ni melodrama, ni comedia, ni tragedia, en una palabra, que no
puede encasillarse en género alguno por
la simple y sencilla razón que no es una
obra teatral, sino un conjunto de
disparates sin unidad ni concierto. ¡Quisiera
llamarle por lo menos “monólogo” a la primera parte
o “diálogo” a la segunda... pero no
es ni una, ni otra cosa. He ahí un
problema para quien se proponga clasificar tal engendro.
Es inexplicable que
Guillermo Zetina,
que ya debiera cuidar su
prestigio, haya cometido el delito de aceptar interpretar los dos papeles masculinos principales (¡!) de la obra (¿?).
¿Vanidad del actor
que ve ante sí la perspectiva de hacer dos
interpretaciones en una misma noche?
¡Quizá! Pero después de haberle visto
interpretaciones tan magnificas como la de ¿Conoce usted la Vía Láctea? y otras no debiera exponerse en tal forma con un autor que no puede respaldar a
ningún actor, dado que se trata de un remedo
teatral sin anécdota, sin diálogo, sin
tema, sin planteamiento, conflicto ni desenlace... o sea que sus cualidades son sólo negativas.
Ni
Jana Kleinburg, ni Zetina se evaden del naufragio a que tal obra (¿?) conduce. No hay tabla de salvación. Todos los caminos finalizan en el desastre,
irremisiblemente.
La escenografía de
David Antón es lo único soportable de esas dos horas robadas lamentablemente a la vida de los espectadores de Hasta que la suerte
nos separe.
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