Nuestra labor informativa nos lleva a no soslayar noticia relacionada con las actividades teatrales en la ciudad de México que puedan interesar a los lectores de esta columna. He de referirme, necesariamente, al estreno de una pieza en condiciones no desfavorables, pero sí curiosas.
Es fenómeno teatral digno de considerarse cómo puede desvirtuarse y hasta perderse totalmente una pieza de teatro a causa de la acumulación de morcillas por parte de los adaptadores o de los audaces actores que se creen obligados a injertarlas para su lucimiento personal. La comedia cómica en tres actos de Tono y Carlos Llopis, cuyo título verdadero se olvidó, cambiándose el por el de Señorita antes... y después, es un bonito enredo relacionado con una novia que sufre la picadura de una mosca, duerme cien años y despierta ante un mundo desconocido. Aquí se situó la acción, al despertar la durmiente por un ciclo, en la época del Segundo Imperio. Esto sería lo de |
menos. Lo de más, mucho más, son las morcillas que convierten esta pieza en una farsa delirante y el empeño de la mayoría de los intérpretes en convertirse en caricaturas. El público se divierte, en términos generales. Esto no es reprochable. Allá el público. Lo lamentable es convertir el teatro en una pista de circo.
Actúan en serio las señoritas Marina Marín y la señora Berta Moss. Para ellas nuestro reconocimiento para comentaristas. También lo hace en corta aparición la señorita Chelo Oviedo. El resto de los actores actuán en una carrera de chistomanía para ver quién llega primero a la meta. Son: Aurora Campuzano, Francisco Muller, Roberto Antúnez, Sergio Zauni, Angelina Corona, etc. Se presentó el joven galán Pablo Miró, al que con otro género de teatro se le podrá ver mejor y estimar con mayor precisión sus cualidades de actor, que si bien no comienza por el mejor camino, puede enmendarse, corregirse y llegar lejos. La escenografía de David Anton está demasiado recargada de "época".
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