No se le puede negar a Alfonso Paso su extraordinaria habilidad para retomar cualquier tema teatral, por antiguo que sea, y tejer con él una comedia contemporánea, sana y agradable. Ahora ha ido nada menos que a la remotísima leyenda italiana de la rivalidad entre las familias de los Capuletos y Montescos para armar la carpintería de una comedia española en la que la familia Capuleto es, digna, de izquierda, y la Montesco, de derecho. Por supuesto, en la España actual.
La originalidad se sustenta en la forma en cómo reaciona el izquierdista atento a captar las emisiones procedentes de Moscú, en tanto que el derechista o conservador sigue fielmente los preceptos de la honestidad en el hogar, por más que alguna parienta cercana tenga libertades en su vida privada. Los hijos de las familias Montes y Campos no entienden de estas minucias políticas y Elena-Julieta y Carlos-Romeo, se enamoran, como siglos hace en Verona, con el agravante de que “encargan” un nuevo ser. Por supuesto, las familias se avienen, los jóvenes |
amantes regularizan su situación eclesiásticamente y en la escena no ha pasado nada, como no sea un puñado de escenas para hacer pasar un rato agradable a un público tan burgés, tan burgés, que no sabe que el argumento que le están sirviendo en platilla de comicidad es anterior en siglos al nacimiento de Shakespeare, cuyo IV centenario celebramos.
Tema tan fácil y noble da ocasión para que los actores luzcan y satisfagan al auditorio. Adriana Roel, como Elena Campos, está preciosa y muy actriz. Javier Marc rinde un magnífico Carlos Montes. Hay un actor, tercero en concordia, Jorge Campos, rebelde por instinto, que desempeña con extraordinaria soltura Aldo Monti, que ata y desata en el conflicto amoroso de los Montes y los Campos. Luis Rizo crea un pintoresco personaje izquierdista estabilizado y completan el cuadro Queta Lavat, Enrique Couto, Alejandro Parodi, Gloria Leticia Ortiz y Jorge Mateos. Muy cuidadosa la dirección de Enrique Ramball, pródiga en matices según su característica.
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