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La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca, en el teatro Virginia Fábregas

Armando de Maria y Campos

    Al concluir la Temporada de Oro con obras de autores mexicanos, organizada por el Instituto Nacional de Bellas Artes, este organismo cultural ha proseguido su labor en el coliseo de la calle de Donceles con un temporada de teatro clásico, que ya inició con la representación de la comedia La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca y, en la que creemos figurara algunos de nuestros clásico del siglo de oro español, Ruíz de Alarcón o Sor Juana.
    Se conservan ciento veinte comedias de Calderón; ochenta autos, y unos veinte entremeses, jácaras, loas y obras menores, ¿por qué se recurre con tanta frecuencia a La vida es sueño, la más filosófica, por no decir la única, de este poeta y dramaturgo español inmortal? Yo creo que únicamente por las Décimas, en las que el hombre no se explica su nacimiento si sólo ha venido a este mundo para sufrir. Montañas de papel se ha escrito sobre Calderón de la Barca que vivió una larga vida de ochenta años, sin cesar de trabajar y producir. También se ha escrito mucho sobre su famosa Vida es sueño, y no es cosa de que volvamos ahora sobre el tema, difícil de tratar para el neófito y bien conocido por el erudito. Basta recordar a unos y a otros el juicio de Goethe sobre Calderón: "En sus obras no se descubre una manera original de ver la naturaleza. Todo es puramente teatral. Nunca aspira a ser tierno. La inteligencia comprende fácilmente el plan: las escenas se

 

desarrollan conforme a un procedimiento lógico. Los recurso principales de la acción son siempre los mismos", etc. Pero Calderón es Calderón y no es hora de rectificar juicios tan respetable, pero parece que siempre es la de "adaptarlo" al momento que pasa. En el fondo es irreverencia a los clásicos. Estos lo son por sí y no hay que tocarlos. Enmendarles la plana, corregirlos, adaptarlos a gustos comerciales, no puede ser nunca recomendable. Está bien que hasta el Sacramento de la Misa se actualice. Pero el teatro clásico es como la escultura clásica. Bien está la Venus de Milo, manca. ¿Cómo luciría con monobiquini?...
    El cronista debe ajustarse a lo que va para juzgar la interpretación moderna de la obra adaptada por Wilberto Cantón y dirigida por Óscar Ledesma, con escenografía que reduce muchos lugares de acción a uno, aunque ingeniosamente, de Antonio López Mancera. Vestuario propio, iluminación adecuada, y ya está Calderón de la Barca al día. Bien interpretado, hay que reconocerlo, por Magda Guzmán, gran actriz sin disputa, en la Rosaura, y por Raúl Ramírez, en el Segismundo, aunque discreto nada más en las Décimas que el público conocedor espera como la romanza de la Donna e mobile. Cumple Manuel Lozano, Guillermo Zarur, Fernando Mendoza, Enrique Aguilar y la hermosa y juncal Jana Kleinburg. Me atrevería a apuntar que el público no se divierte.