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Aficionado como es al circo el cronista oficial de teatro de este diario, no encuentra dificultad para reseñar un espectáculo más propio del artista circense que de un escenario para representar comedias. Ya he dicho en otras ocasiones que los franceses tienen un término para definir el teatro indefinido: pochade, que equivale a engendro, género inferior a la farsa teatral, que es el extremo del espectáculo teatral con aspiraciones o reproducir la vida, porque el teatro, igual que la novela, es un espejo en el que deben reflejarse las costumbres. Cuando estas costumbres son convencionales equivale a contemplarlas en un espejo convexo. |
la que actúa una banda de ladrones, muy ingeniosos y graciosos, que se apoderan de una casa fingiéndose primero dueños de ella y luego servidores, para dar con el sitio oculto de una caja fuerte que custodia un valioso lote de alhajas. Todos están chiflados de... chistomanía, incluso la dueña de la casa, y actúan con la más absoluta libertad histórica, sin más propósito que el de hacer reír a como dé lugar. Lo logran, porque Héctor Lechuga, Chucho Salinas, Susana Cabrera, Marta Yolanda Gómez y Roberto Guzmán poseen gracia especial como actores y no les va en zaga Manolita Saval, que reincide como actriz cómica. Una linda muchacha, Irma Lozano, lleva el equilibrio serio de la obra y es clave de la misma, porque habiendo sido educada para abrir cajas fuertes, el amor, que en todo se mete, hasta en estos engendros teatrales, está a punto de regenerarla, frustrando la trama. El robo se consuma, al fin, después que el público ha reído sin reposo largas dos horas. Los aplausos con que rubrica la actuación de los actores mencionados evidencia que el espectáculo, farsa, pochade o engendro, es de su agrado. Quede constancia de ello.
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