Es una fiesta del espíritu asistir a una representación de un auto sacramental, teológico y filosófico por añadidura, de Pedro Calderón de la Barca, en el templo del convento de San Martín de Tepotzotlán, del Estado de México. Arte y cultura se aúnan para hacer de este espectáculo de raíces remotas una representación moderna, en la que intervienen utilería y escenografía, sonido estereofónico e iluminación de ensueño.
El más puro arte barroco luce en este claustro, rico y fascinante; el barroco estípite, llamado por nuestros "churrigueresco" de una manera espontánea e intuitiva, pues en España aún se le niega la paternidad a esta manera peculiar de Jerónimo de Balbás de construir el barroco. Ejemplar extraordinario, no único e impar, el de la capilla del convento de San Martín de Tepotzotlán, dedicado por los jesuitas a San Francisco Javier, apóstol efectivo de la India, y romántico de China, santo nuevo y propio para estas tierras de apostolado. Ningún escenario mejor para el mejor de los autos sacramentales teológicos de calderón, construido con extraordinaria habilidad de dramaturgo que retoma el asunto del teatro como representación de una serie de papeles que significan el mundo y la gracia, el rey; el rico, el campesino y el pobre; la hermosura y la discreción inclusive la Voz del Sepulcro; todo motivo o animados por el Autor, que lo es de todo lo que hay sobre la tierra; tierras y montes, pasiones y ambiciones.
El cronista se encuentra paralelo, porque no |
sabe si darle mayor interés al continente, ese bosque de madera labrada convertida en oro, o al contenido, el auto sacramental propiamente, oratoria sagrada transformada en diálogos, estampa mental exacta que pertenece al contexto filosófico de la España de Calderón, frío y erudito, objetivo como buen santanderino, de donde le viene lo Calderón -su casa solariega estaba en La Barca, en Santander-, no obstante que naciera madrileño. Prodigo de perfección churrigueresca, el templo, cuyo altar mayor sirve de fondo al arte; alarde de maestra de comediógrafo el auto, molde de fundir buen teatro. Los dos elementos se acoplan y el espectador disfruta con la vista y deja que flote y corra el pensamiento sobre la traquila corriente del caudaloso río filosófico que son los parlamentos de este extraordinario teatro sacramental, tan fresco, no obstante lo viejo. Fiesta del espíritu; regocijo para los ojos, y emoción de contar con elementos de calidad extraordinaria para reducirlos, en síntesis diamantina, en espectáculo teatral de excepción.
Es obvio hacer juicio de El gran teatro del mundo, pero es necesario asentar que el Teatro de México, animado para jóvenes talentosos y entusiasta, logra magnífica representación, igualmente accesible al erudito que al profano. El que gusta de oir con el pensamiento se regocijará con el texto del auto sacramental; el que se limita a oir con el sentimiento tiene bastante con el texto calderoniano dicho con fluides y claridad.
El público, numeroso, oye con devoción este espectáculo tan antiguo y tan moderno.
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