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Basil Rathbone es uno de los grandes del teatro universal y desde luego el inglés porque nació británico. Ha venido a México a presentarse personalmente en dos actuaciones diferentes. La primera dedicada íntegramente a William Shakesperare, para conmemorar el 400 aniversario de su nacimiento, la perdí, desgraciadamente. Compromisos sociales inexcusables. Pero me ha bastado la segunda para comprender en todo su alcance la calidad de su valor personal, que sólo tiene en mi experiencia teatral un antecedente, la de Ruth Drapper, extraordinaria monologuista, actriz unipersonal, única en su género. |
una mesa como trasto auxiliar, además de un atril de categoría. Pero sobre todo. Rathbone, ante el telón magnífico de cristal de nuestro gran coliseo, habla de su vida y mitad poesía, mitad música, recita poemas de Poe, Housman, Mogee; de Thomas; narra historias de Beardsley y de Browning, evoca a Shakespeare en el sueño de Clarence y en una escena con Ofelia y del bordo de Avon recita con estremecedora ternura tres sonetos y, como en todas sus demás creaciones de gran actor, con insuperable claridad y matiz de voz, que va en claros y oscuros del alba al crespúsculo. Toda la gama de matices emocionales brotan de su garganta y sus manos actúan como acentos, ni prosódicos ni ortográficos, simplemente actorales. Finalmente, intérprete insuperable en la TV del mito Sherlock Holmes, Rathbone nos lleva a la calle de Baker en el Londres de 1890, donde dicen que vivió el personaje creado por Doyle y que ha dado motivo a que Londres cree un museo de recuerdos imaginarios, que como todo visitante curioso tuve el deleite de recorrer.
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