Pocas satisfaciones tiene el cronista o crítico de teatro en el cumplimiento de su agridulce tarea. ¡Cuántas veces no sabe qué decir de piezas e interpretaciones que no llegan a lo mediano! ¡Y qué pocas veces no acierta con los términos precisos para exaltar en justicia una producción de autor y de interpretación que son en verdad extraordinarias! Me encuentro en este último caso a propósito del estreno de la comedia de Antonio González Caballero El medio pelo, en tres actos y cinco cuadros, estrenada en el teatro Jesús Urueta, llevando por protagonista a la eminente actriz dramática Carmen Montejo ¿Basta con decir extraordinario? ¡Tantas mediocridades han sido amparadas con esta definición, que el cronista teme que sus lectores tomen su juicio a hipérbole!
En verdad nos encontramos ante un autor -natural de Silao, Guanajuato-, extraordinario, que para fortuna del teatro mexicano en formación nació sabiendo el difícil arte de hacer comedias. El autor nace; el autor se hace. Pero hay su diferencia. Cuando se nace autor como González Caballero se devela el misterio de la construcción sencilla, de la elaboración espontánea de la fluidez en el diálogo, que son los sustentáculos felices de un asunto bien hallado.
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González Caballero encuentra sus asuntos en la provincia de que es nativo, y los presenta a la metrópoli con trama sencillo, con un lenguaje que es su propia salsa; los conduce y resuelve con la naturalidad con que las cosas suceden en provincia. Y si como en su anterior obra -Una pura y dos con sal- nos lleva a una vecidad metropolitana, ¿no es también revelarnos un poco la provincia que también tenemos en la capital de la República?
El asunto de El medio pelo, es de una sencillez dramática conmovedora, porque trata el drama íntimo de una mujer que labra su desdicha al creer que la vida es diferente según la clase social a que se pertenece. El autor expone cómo el corazón ignora lo que es la pelusa, el medio pelo y el terciopelo. Y de su pluma brota, con la sencillez que nacen las florecillas en el campo, una gran comedia de costumbres, con personajes tomados simplemente de la realidad y, para fortuna del público, confiados a comediantes de abolengo que los entienden, los comprenden y los viven sobre la escena.
Nadie en México ignora la extraordinaria calidad dramática que enciende el temperamento de Carmen Montejo. Está sencillamente eminente como actriz dramática en el personaje central, amargo porque ni vive en la clase social a la que supone pertenece y, se derrumba cuando un día que ya no hay sol en sus bardas.
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