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No te agites, Genoveva, de Gary Caffner, en el teatro Once de Julio

Armando de Maria y Campos

    Durante las escasas horas que estuve en el aeropuerto de París, para que el ave gigante de metal cargara combustible, adquirí un pequeño libro que atrajo mi atención, París, cuidad subterránea, de Georges Verpraet, que leí a saltos mientras el avión volvía a tomar tierra en Madrid. Verpraet reproduce en su librito turístico un párrafo de Los miserables, de Víctor Hugo, el que se refiere a los montones de basura que grandes convoyes sacaban de París para arrojarla en alta mar, porque no sabían qué hacer con ella. Hugo revelaba: "¿Sabeis lo que son esos montones de basura, esos horrendos barriles de muladares, esos hedíondos ríos de fango que corren bajo vuestros pies? Son las praderas en flor, y la yerba verde, el tomillo y el poleo, las aves y mel ganado, el perfume del heno, el trigo dorado, la sangre cálida que corre por vuestras venas. Así lo quiere esta creación misteriosa que es la transfiguración en el cielo", etc.
    Palabras oportunas las de Hugo para definir un género teatral que disfrutamos -o disfrutan muchos- por lo menos en Madrid, en París, la misteriosa transformación en el cerebro humano de tanta basura, fango, aguas muertas de antiquísimas obras de teatro que un día hicieron reír a nuestros antepasados con sus situaciones hilarantes o sus enredos inverosímiles. Todo se tranforman y el género teatral no podían ser ajeno a este fenómeno. No mencionemos nombres de autores o adaptadores. Lo cierto es que unos y otros transforman en comedias

viejas. ¿Cómo separar de las entretenidas escenas de No te agites, Genoveva, verbigracia, de las que rieron nuestros bisabuelos, entretuvieron a nuestros abuelos y aun halagaron el paladar de nuestros padres? Tarea imposible. Lo cierto es que producto de la industria de la transformación teatral es la pieza No te agites, Genoveva, hecha como el traje de arlequín, con multitud de trozos de diversas procedencias, estilos y colores. En este caso, se trata de una obra que no causa daño a nadie y hace bien a la salud, porque reír es sano. Para lograrlo, el semincógnito Gary Caffner recurre a todos los recursos imaginables, porque no ignora que hasta el más exigente paladar, a las veces prueba bocados zafios.
    Para obras de esta índole, corte o estilo, hacen falta actores a la medida. El güero Castro -hijo del compositor Manuel Castro Padilla y de la tiple Lupe Arozamena- supo encontrarlos y, dentro de este plan, el cronista rinde tributo a la verdad al asentar que el público ríe con el mayordomo de Antonio Tanus, con el don Jorge borracho de Raúl Padilla, con la mamá caricaturesca de Lupe Arozamena, con el heliotropo de Trosky y con el señor Betherhausen, nada menos que del güero Castro. Roberto Cañedo, que por primera vez pisa las tablas como actor, toma en serio su personaje en broma, igual que Marta Elena Cervantes el suyo. El público separa la calidad de estas interpretaciones que no desentonan y... ¡Todos contentos!