están adquiriendo es sólida. Vemos a un Ignacio Sotelo interpretar los personajes más disímbolos con la máxima propiedad. A una Marta
Zavaleta y a una Magda
Vizcaíno transformarse en forma total, como
en curiosos juegos de magia, de una pieza a otra e inclusive de una escena a
otra -si así lo exige la acción-. Vemos a un
Carlos de Pedro, a un Virgilio Leos y a un Gilberto Pérez Gallardo cambiar de
personalidad como de maquillaje. En general todos los componentes de ésta
compañía teatral se expresan con sinceridad y revelan su amor al teatro.
Juanita, Teatro Milán. Autora: Argentina
Ruiz. Dirección, escenografía y reparto: Berta Moss.
Es difícil para los
buenos actores no sucumbir a la tentación de representar obras para un solo
intérprete. El monólogo es una forma teatral
-anticuada- que requiere un dominio
absoluto del juego escénico. No es fácil
mantener viva la atención de los espectadores. Últimamente hemos visto caer en esta tentación a varios actores y
actrices, entre estos: Enrique Rambal, Carmen Montejo,
María Tereza Montoya, Enrique Guitart y otros. Berta Moss tampoco pudo escapar a ella. Pero si para el intérprete
el monólogo es una dura verificación de su habilidad,
para el autor es una prueba de fuego,
en la cual la mayoría se quema inexorablemente.
En cuanto el
espectador se entera de que va a presenciar un monólogo, adivina ya que en la
obra habrá llamadas telefónicas y se prepara a escuchar la reproducción de
conversaciones en las que el único intérprete -se trate de actor o actriz-
tomará el papel de cada uno de los interlocutores y otros
trucos consabidos que pretenden dar justificación al hecho de que una persona cuerda
se la pase hablando sola por una hora o dos.
¡Son tan pocos los
autores que logran dar justificación a sus monólogos! Sobre todo sin caer en la
cursilería, el
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melodramatismo o la falsedad. Argentina
Ruiz no fue de esos “pocos” e hizo una ensalada de todos estos
elementos. Pero como no le convenció
la idea de que el personaje de su monólogo hablara consigo únicamente decidió
que éste estableciera un diálogo con el público, contando de antemano con la
timidez de este personaje acostumbrado a la mudez. Adivinando pues que el
interlocutor de su Juanita no se atrevería a
hablar, escribió sólo la parte
correspondiente a uno de sus personajes... el susto que se llevaría si un día,
en la sala, a alguien se le ocurriera
aceptar la invitación de conversar... el monólogo saltaría en mil pedazos
y surgiría una nueva obra que sería, desde luego, mucho más interesante que la aquí comentada.
Juanita quiere
ser una especie de respuesta y sátira a otro monólogo de un autor brasileño:
Pedro Bloch, que lleva
por título Las manos de Eurídice y que Enrique Guitart llevó a escena en 1958 en el Teatro de los
Insurgentes. La autora de Juanita intenta presentar el otro lado de la
medalla de la vida semiconyugal de Gumersindo Tavares, personaje único
de Las manos de Euridice.
¿Conflicto? No aparece por ninguna parte. No es Juanita sino una madeja de ironías, resentimientos
y narraciones sin fin -por cierto de lo más
trilladas-. Al faltar el pretexto
dramático la autora tiene que recurrir
a todos los trucos, y lo mismo ocurre con el director e incluso con la actriz. De ahí que Berta Moss se desvista y se vuelva a vestir, sin motivo ninguno, como una forma de reclamar
atención. Por supuesto que la obra sirve para
demostrar una vez más que ella es una actriz estupenda, pues a las dificultades
que presupone el género, se añaden las deficiencias de la obra misma y la falta de verdad
escénica.
No es mérito de la autora que el
espectador soporte la obra completa, sino de la actriz
que echa mano de todas las tretas del oficio
para salir avante de tan penosa situación.
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