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El crítico o simple comentarista de espectáculos tiene derecho, aunque no debe abusar de él, de salirse por la tangente declarando que una pieza de teatro no le agradó, le aburrió o no le produjo frío ni calor, aún llevándole la contraria al público, único amo al que sirve. Puede, o no, dar razones o simplemente dejar su opinión sobre la cuartilla periodística. Pues bien; no me gustó -no me satisface- la obra en tres actos El inmenso mar, de Terence Rattigan, traducción de Raúl Zenteno. Confieso no conocer en lengua inglesa la pieza, pero esto no es atenuante sobre el poco interés que en mi ánimo de espectador y crítico desperto el conflicto y hogareño entre el triángulo que forman Esther Collyer -Aurora Bautista-, William Collyer -Carlos López Moctezuma- y Frederick Page -Raúl Ramírez-, éste, tercero en discordia, amante accidental de la señora Collyer, no divorciada, pero que vive con su amante. El asunto está bien presentado y desarrollado con naturalidad escénica. Ella naufraga en un inmenso mar de inquietudes y dudas, intenta suicidarse porque se halla entre la espada y la pared del amante que se le va y del esposo que desea reconciliarse y no lo acepta. Nada, en realidad, en tres actos. Un triángulo como seguramente hay tratos, no importa que varíen sus matices. Se contempla sus desarrollo sin solución, y al salir del teatro a respirar el aire
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fresco de estas noches de julio, el pecho se ensancha satisfecho de haber dejado atrás detrás de la cortina, un caso, que ni fu ni fa.
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