Frente a la portada de la iglesia del convento de Acolman, de la casa agregada a éste en sus corredores y azoteas, un afán de originalidad movió a algunos amantes del teatro a representar la tragedia de Hamlet que el genio de Shakespeare convirtió en pieza inmortal sacándola de la Historia Dánica escrita en el siglo XII por Saxo Grammáticus, en cuya tercera parte figura la historia de Hamlet.
Allá fuimos impulsados por doble propósito: afán informativo y anhelo de alcanzar nueva emoción. Mala, serpenteante carretera de los Indios Verdes a las cercanías de Texcoco; oscura la noche, tibia aunque ventosa. Las nubes, negras, se nos caían encima. Llegamos empezada la representación. Detrás de la línea anfructuosa de una cordillera enana, las cabezas de un millar de espectadores ocupando bancas frente a un área de actuación de más de sesenta metros, los actores ataviados con trajes de colores vivos sólo eran visibles de cintura para arriba. Apareció en el campo un extraño personaje agitando rumbo a las alturas -las azoteas del convento- un reflector de mano. ¿Tan pronto los espectros de Hamlet? No; era el empresario don Emilio Obregón tratando de dirigir con luces el movimientos de los actores. A otro director, también con reflector en la diestra, se le escapó un ¡imbecil!, tan en voz alta que saltó sobre las voces de los actores y estremeció la cresta ondulante de los espectadores en la sombra. No, eso no está en el texto de Shakespeare. Buscamos aquí, allá, acullá, una |
silla, un lugar en las bancas, un sitio en los bordes desde donde oír algo o contemplar una escena. Inútil empeño. No se escucha desde ningún sitio, no se alcanza a ver desde cualquier lugar. El viento nos trae la voz de Hamlet: "¡Crimen, madre!; crimen más inhumano, matar a un rey y unirse con su hermano"...
Al pie de un árbol, junto a un "puesto" de tortas y sidrales, recordamos o nos parece escuchar un texto de la pieza: "Medianoche. La noche del hechizo. Bostezan los sepulcros y el infierno respira maleficio pestilente que al mundo infecta". Sobre un espumar inquieto de cabezas que pugnan por ver, advertimos que Hamlet se acerca a un pozo, se sienta en el brocal, inclina la cabeza y hunde la voz en el negro orificio: "Morir, morir, no hay más, y con el sueño decir que damos término a la pena". ¡Pobre "príncipe fuera de su estrella"! Las escenas que se desarrollan en las azoteas del convento son visibles a todos. Surge, como un surtidor de luz, la voz de Ofelia: "¡Oh, que mente tan noble, derribada!... ¡Y yo la más abatida y desdichada de las damas, yo que libé la miel tan melodiosa de sus votos de amor, tener que ver ahora que ver razón tan noble y tan señora, dulce campana otrora, ronca y rota, y su figura en flor nunca igualada, por un ábrego de éxtasis tronchada". Así oídos la representación, en un va y viene de la brisa nocturna. Concluye. Noble esfuerzo de Eugenia Ríos y de Enrique Rocha para que su voz llegara a todos. Regresamos, taladrando la noche violenta y negra. Atrás quedaba -oh, duende lorquiano- un horizonte de perros desolado.
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