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Dentro de la literatura universal, Jacobo Casanova representa un caso extraordinario. Tan extraordinario como afortunado. Sólo así se explica que su nombre -que lo es de charlatán- haya logrado deslizarse hasta penetrar, sin que en realidad le asista derecho para ello, en el panteón reservado al genio creador. En efecto, la ejecutoria literaria de Casanova no es más sólida que la de su título de Caballero de Seingalt, simple combinación de letras formadas con absoluto descaro. |
El señor Inclán posee habilidad indudable para construir comedias. Ingeniero de profesión, no ignora los secretos de la arquitectura fácil; pero en el teatro, cuando se toma, sin necesidad, una de las más grandes figuras de los amadores universales, hay que hacer las cosas -es decir, las escenas- bien, o no hacerlas. Una noche con Casanova pretende ser audaz y es de una inocencia conmovedora. El Casanova de Inclán resulta un galanteador sin fortuna y sin aliento. Viste, espléndidamente, traje de luces digno por su riqueza y pedrería de una figura del toreo, como Camino o Diego Puerta. El actor a quien fué encomendada la interpretación del personaje -gran actor por cierto, José Gálvez-muy entrado en carnes, no reproduce ante el espectador la figura de un amante afortunado. Cuatro mujeres intervienen en el juego de esta aventura inventada por Inclán. Magda Guzmán, muy atractiva en lo personal, digna de ser amada por el verdadero Caballero de Seingalt, dice con discreción su parte. Reaparece, otoñal y desentrenada, Tana Lyn. Pasea sin soltura un rico traje de la Venecia del 700. Está encantadora por su juventud, Blanca Sánchez, y pasa, con más pena que gloria, Andrea Palma. Carlos Riquelme es el gracioso de siempre, no obstante que sale vestido de luces. Cumple con sobriedad Enrique Aguilar. La dirección de Bracho acusa su probada maestría. De nada, no se puede lograr gran cosa. La escenografía de David Antón, demasiado veneciana, ajustada al libreto de Inclán, lector desafortunado de Stefan Zweig.
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