la Gran Empresa después de mi muerte. Pero es la Gran
Empresa la que dirige. La que elige a sus hombres. A mí ella me ha eliminado,
yo la poseo, pero ya no mando. A ti, principito, a ti ella te ha rechazado
desde el primer instante ¿acaso ella necesitaba un príncipe? Para actuar
corriste los mayores riesgos y ya ves, ella transformaba tus actos en simples
gestos.”
Estas
palabras hacen ineficaz la rebeldía de Franz en contra de la supuesta
omnipotencia de su padre y por medio de ellas se demuestra que la omnipotencia
no existe. Pero al quitarle el padre al hijo la carga de su culpa, al decirle:
“Yo te había hecho, un monarca, hoy día eso quiere decir un inútil... Dile a tu
Tribunal de Cangrejos que el único culpable soy yo, culpable de todo”, a Franz
ya no le queda otra cosa que morir, que destruirse -o lo que es peor, dejarse destruir- definitivamente... ante la dialéctica existencial, de que “el que
gana pierde” al ganar la inocencia, tiene que perderla, al dejar de sentirse
culpable, tiene que acusar.
La
tragedia de Sartre es como un manifiesto que él lanzara a la Humanidad para que
ésta realice una toma de conciencia para que se percate de su responsabilidad. ¿Cómo van a erigirse en jueces del pueblo alemán los que lanzaron la
bomba en Hiroshima? -exclama Franz- “Sólo los vencedores pueden hacerse cargo
de la historia. Ellos (los de la Primera Guerra Mundial) se la apropiaron y nos
dieron a Hitler”... Las culpas de Hitler caen pues sobre los Aliados que
después lo condenan, así como caen sobre el pueblo que lo obedeció. “Hay dos
maneras de destruir a un pueblo: condenarlo en bloque u obligarlo a
renegar de los conductores que se ha dado. De las dos, la segunda es la peor”.
Esta es la más dura acusación
que Sartre podía lanzar. Y concluye: No se puede vivir indiferente a lo que
ocurre a nuestro alrededor: tan culpable es el padre “que le proporcionó
barcos” a Hitler y Franz que le proporcionó “cadáveres y obedeció las órdenes”, como los países vencedores de la Primera
Guerra
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Mundial que le proporcionaron un dictador
asesino al pueblo alemán y que después asesinaron a los japoneses.
Cada
individuo es una partícula de ese ser monstruoso que es la Humanidad y por
tanto es responsable de los actos que dicho ser realice, ya que es una sola
entidad. Y de ese juicio, en el que Franz, se atribuye el papel de “testigo de
descargo” ¿cuál es el veredicto? Sartre deja a la conciencia de cada uno de
nosotros la respuesta.
Por
supuesto son muchos los aspectos que toca Sartre en su tragedia y hablar sobre cada
uno de ellos requeriría un ensayo que traspasaría los límites del comentario
periodístico. Cada personaje es digno de un estudio especial.
El
padre, representado por Augusto Benedico, gran burgués que ha transigido con los nazis
disimulando su remordimiento ante la excusa de que, de no haberlo hecho él,
otros habrían transigido en lugar suyo y era preferible que las ganancias
fueran a parar a sus propias manos en vez de a otras. Benedico realizó una creación de increíble fuerza; cada gesto, cada actitud se advierten
firmemente en el cimiento de una total comprensión y de una gran sensibilidad.
Otro
personaje: Franz, interpretado por Rafael Llamas, representa un reto que Sartre
lanza al actor. Su multitud de facetas, de reacciones, su laberinto interior
que va de la demencia a la cordura y viceversa, sin que podamos definir cuál es
una y cuál es otra; cuando el hombre parece más falto de razón es cuando más
verdades avienta a la cara. Cuando asevera que si en el siglo XXX llega a
existir un hombre, los “cangrejos” lo conservarán en un museo, no dan ganas de
reír. Rafael Llamas al interpretar a este personaje supo, como Sartre, hacer
que las ideas fueran vividas como emociones por el espectador. Hay magnetismo
en su actuación. ¡Sea bienvenido nuevamente en nuestros escenarios!
Johanna, Leni y Werner son
caracteres, los tres, plagados de entrelíneas y laberintos. Cada uno con su
mundo interno inexpugnable. Sus
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relaciones entre sí y con los otros
componentes del drama -el padre y Franz, Alemania y la guerra, la culpa y el
poder, la vida y la muerte- harían necesario un estudio exhaustivo para poder
dilucidarlas en forma más o menos detallada.
La
interpretación de ellos estuvo a cargo de Emma Teresa Armendáriz, Beatriz
Sheridan y Carlos Bracho respectivamente. Tres actores de verdad. Emma Teresa
Armendáriz dio matices magníficos e increíbles a su Johanna.
Segura de sí misma va encaminando al espectador a través de sus palabras que a
veces suenan a contradicción, pero que al fin resultan de una lógica
aplastante. Ella logra una creación de este papel positivamente insuperable.
Beatriz Sheridan interpreta la lucha infructuosa de Leni por salvar su amor incestuoso en forma que podría calificarse de solemne. ¡Qué
vigor despiden sus frases y sus gestos! Llevó una línea de actuación pura, de
una pieza, como un hilván limpio que conduce de punta a punta, sin un nudo, sin
un corte. Las reacciones de Werner, el débil, el incapaz de ejercer el mando,
de tomar decisiones propias, de rebelarse contra el padre de quien no ha
recibido afecto, pero al que no puede ver sufrir, fueron realizadas en forma
más que excelente por Carlos Bracho.
Los
papeles incidentales, fueron bien interpretados por Juan Félix Guilmain, Alicia Castro Leal y Alberto Catani.
Aunque Alicia Castro Leal podría procurar ser un poco más natural; su dicción
resulta un tanto artificial.
Extraordinariamente
resuelto el problema escenográfico, Julio Prieto demuestra que no sólo en los
grandes teatros sabe cómo hacer las cosas.
En
suma Rafael López Miarnau, logra con su magnífica
dirección de esta difícil tragedia, proporcionar al espectador una noche
electrizante. Si bien hasta ahora Rafael López ha cosechado solamente
triunfos, y con obras nada fáciles, en
esta ocasión ha obtenido el mayor de todos. Su trabajo merece el más grande de
los elogios y la felicitación más respetuosa.
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