|
El problema de angustia y claustrofóbica que Jean Paul Sartre plantea en Los secuestrados de Altona, nos es ajeno en la América Latina que, por fortuna, estuvo fuera del infierno de la Segunda Guerra Mundial y en particular de las llamas en que se consumió el tercer Reich. Lo vemos, pues, como algo remoto que no nos da frío ni calor. Como pieza de teatro, de construcción melodramática, podría decirse que es excelente, si no, no nos la presentaran lamentablemente reducida al tiempo de espectáculo que se acostumbra en México. Una pieza de teatro reducida se parece un poco a los retratos de medio cuerpo: no da idea precisa de la persona. En este caso, lo que queda fuera debido a la reducción, resulta en perjuicio de algunos personajes que aparecen con los rasgos completos de sus respectivos caracteres. Algunos son confusos; otros, no se explican en determinadas situaciones. Así, una obra de teatro que no es para mayorías, queda reducida a una minoría selecta que en general no parece quedar satisfecha, como aquel que quisiera masticar un sueño, mas bien la pesadilla que es la tragedia de Los secuestrados de Altona, cautivos en la cárcel de su conciencia y de su angustia. A quienes conozcan A puerta cerrada, |
de Sartre, diríamos que Los secuestrados de Altona es una amplificación del tema, con otro sentido filosófico más complicado, más terrenal. Maestro en construir melodramas, Sartre ha logrado, hasta donde alcanza el conocimiento de la versión que presenta el teatro que dirige López Miarnau, un espectáculo apasionante que justifica sus largas dos horas y media de duración.
|