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Mary, Mary, de Jean Kerr, en el teatro de Los Insurgentes

Armando de Maria y Campos

I

    El año me trae tres aniversarios de mi carrera profesional como periodista que me llenan de satisfacción y de optimismo, no obstante la cantidad de años que entre los tres se aculuman. Estoy de acuerdo con Dolores del Río cuando dice que la gente que se preoculpa por la vejez es la que realmente envejece. A los cincuenta años de haberme iniciado en la profesión periodística (1914), siento por ella misma devoción e idéntico respeto. A los cuarenta y nueve de ejercer como comentarista teatral, cada noche disfruto frescas sorpresas. A los veinte de trabajar como cronista para este gran diario, me siento como si hoy mismo fuera el día lejano en que entregué mis cuartillas de colaboración inicial a don Gonzalo Herrerías. El camino permanece abierto, ¡y las piernas tienen ganas de andar!...

II

El primer estreno teatral del año es de alegría y regocijo. Está dirigido a la clase numerosa, tolerante y agradecida que gusta del teatro sin cimplicaciones. Pieza comercial, sin más aspiración que la de realizar un buen negocio con el público, Mary, Mary, de Jean Kerr, autor

norteamericano de algún prestigio en su país, es comedia divertida con tema tan simple y sencillo que cabe en el hueco de la mano, al que su director, Enrique Rambal, agregó chistes y retruecanos que la convierten en espectáculo de sana diversión. Así como muchos matrimonios norteamericanos concluyen el divorcio, se dan casos, y la pieza de Kerr es una prueba de ello, de que un divorcio concluye en matrimonio. Y esto es lo que pasa en Mary, Mary.
    ¿Qué suerte correría en Boca cerrada -título original de esta comedia- si sus intérpretes no fueran Enrique Rambal, gran actor prenatal, y Marga López, en la plenitud de sus facultades de gran actriz de temperamento sensible y hondo? Otra muy diferente. Por esto está asegurada; enriquecida, además, con la colaboración de Adriana Roel, Raúl Astor -animador argentino de programas de televisión que se desenvuelve con naturalidad como actor de carácter-, y de Miguel Suárez. Los cinco, particularmente Rambal, que se las sabe de todas todas, entretienen al público durante tres largas horas que no se hacen interminables. esta vez David Antón se limitó a supervisar la versión norteamericana de la escenografía. La traducción de José Luis Ibáñez es correcta, pero el acierto de la salsa es justicia atribuírselo a Enrique Rambal.