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Madre Valor, por María Tereza Montoya, en el teatro Hidalgo

Armando de Maria y Campos

    Tres veces he visto en el extranjero Madre Valor -o Madre Coraje-, de Bertolt Brecht, en menos de dos años. En La Habana, por un grupo de inteligentes actores experimentales; en Tel Aviv, por la compañía de Teatro Habimah, y en Alejandría, por una compañía de teatro comercial egipcia. Claro que al lector le importan poco estas referencias, que son simple anécdota de un crítico de teatro que dondequiera que va, va de preferencia al treatro. No vi en México a Lola Bravo como Madre Valor.
    El patronato para la operación de los teatros de IMSS ha querido invluir en su repertorio de piezas de categoría universal esta de Brecht, que es una de las características del gran poeta y dramaturgo alemán. Naturalmente solicitó para que creara la protagonista a la eminente actriz mexicana María Tereza Montoya. Fue un acto de justicia y de reconocimiento públicos, y una oportunidad para que la gran comediante revelara que quien posee una onza de oro de 21 quilates la puede cambiar con cualquier obra de cualquier tiempo.
    Madre Valor, estrenada en 1948, eleva a un plano épico las gestas de la Guerra de Treinta Años, en Europa. Pero, como toda pieza que es lección de historia, lo que Brecht dice en ella tiene vigencia contemporánea. Habla del negocio de la paz, malo para los comerciantes y del negocio de las guerras, útil al comercio, a la banca, a los ciudadanos, a los gobiernos y,

 

finalmente, a las patrias. Las guerras son necesarias pausas de paz. Un ejército que no pelea, pero que vende, sigue a los ejércitos. En la guerra de los treinta años el símbolo de esta impedimenta es una carreta, cuya dueña, valiente, trata de evitar que sus hijos vayan a la guerra, que, al fin, se los arrebata y ... los mata. Madre Valor sigue a los ejércitos, sola, porque tiene que vivir de su carreta, tienda ambulante precursora de las viviendas, de nuestras soldaderas. El relato, porque Brecht en Madre Valor únicamente relata, es estrujenate y amargo. Pero, pasa... como la paz, como las guerras.
    Hable de mis experiencias como espectador de esta pieza de Brecht en otros países. Patética fue la que vi en la Habana; singularmente narrativa la que conocí por actores hebreos, y con un aire de ternura resignada la que oí decir a comediantes egipcios. En cuanto a interpretaciones, mi deber de crítico es limitarme ahora a la que, llena de pasión y de coraje, realiza María Tereza Montoya, actuando -en ella la actuación es indispensable- y conmoviendo. Está magnífica; está en María Tereza Montoya, en la cima de un oficio que dominó hace años. Le secundan los magníficos actores de planta de IMSS. Limitaciones despacio me impiden reproducir el elenco. La escenografía y el vestuario de Julio Prieto, son sobrios, soberbios, expresivos. Me recuerdan los impresionantes que vi en Tel Aviv.