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La memoria humana es generosa porque permite que olvidemos aquellos sucesos o personas que no merecen conservarse como recuerdos inútiles. Olvidamos lo que merece olvidarse. Como las raíces que se hunden en la tierra, nuestra memoria busca caminos misteriosos y difícilmente se le arranca del recuerdo si éste merece permanecer. Ocurre con frecuencia en el teatro. ¿Vimos alguna vez La voz de tórtola, comedia de John Van Dutren, que corresponde a 1943 ó 1944 y es un documento de la vida de los soldados con licencia y sus amigas, durante la Segunda Guerra Mundial en Nueva York? La conocimos en film. De ahora en adelante la recordaremos como una de las más extraordinarias interpretaciones que hemos visto durante los últimos veinte años. A Bárbara Gil, actriz con talento, de fino y rico temperamento, en la plenitud de su madurez artística, Interpreta una ingenua cruzada por vetas dramáticas, como una mano blanca por venillas azules. Crea, sacándola de una comedia que apenas es un documento de costumbres, una ingenua conmovedora, que sufre dramáticamente porque no sabe si ha obrado mal o se conduce bien. Pero todo ello con tan fina multiplicidad de matices, que míresele por donde más se le |
admire, es como una gema clara tallada por un artífice. Ella es artífice de su propio talento; humanísima hasta convencer con su ingenúo sufrimiento, vive con palpitante realidad su personaje y tengo para mí que se consagra como una de las grandes actrices de habla castellana del momento. Merece la admiración y el reconocimiento del público inteligente y un millón de rosas de elogio para que pase sobre ellas en su triunfal carrera...
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