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Siempre es motivo de júbilo la inauguración de un teatro, no importa el rumbo por el que la necesidad o el capricho de los empresarios quede instalado. Coyoacán tiene suerte, porque en lo que fue la plácida y risueña zona residencial de Hernán Cortés, de muchos ricos del porfirismo y de no pocos notables de ahora, ha quedado instalado el nuevo teatro, no tan pequeño que merezca el calificativo de sala de espectáculos de bolsillo, pero tampoco capaz de contener más de 150 espectadores. Ha sido construido en uno de los rincones más típicamente coloniales -un colonialismo artificial- de lo que hace muchos años fue la casona en que vivió el poeta mazatleco José Juan Tablada. El teatro Coyoacán tiene la forma de capilla privada, incluso con una localidad alta que equivale al coro de los templos y, naturalmente, un escenario pequeño en el que, como dice un proverbio popular, "todo cabe sabiéndolo acomodar". No es fácil al público su acceso y no porque esté instalado en la calle del Coronel Eleuterio Méndez. Para llegar a él hay que recorrer pasillos o cruzar pequños salones. Pero lo que interesa, es que la ciudad de México |
cuenta con un nuevo coliseo destinado a "presental al público de México aquellas obras de importancia que muchos otros teatros no escenifican por razones de índole diversa", según se declara en el programa oficial y se comprueba con la reposición de la fina y picaresca farsa de costumbres de la Florencia del 1500, La mandrágora, del sútil y travieso escritor Nicolás Maqiavelo.
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