Conozco el original inglés de Everybody loves opal, comedia melodramática de John Patrick, y también la traducción literaria al español de José María Dávila hijo. Además, acabo de ver la versión escénica que de la obra de Patrick ha realizado Rafael Banquells para el teatro Cinco de Diciembre. Tengo, pues, en la mano, tres hilos distintos de un asunto verdadero y no puedo atar los cabos para lograr un nudo congruente.
La pieza de Patrick es excelente. La traducción de Dávila es todo lo contrario. Se parecen como una gota de agua a otra que la hubieran sacado del fango. Con esta segunda gota, Banquells realizó la versión y todavía empeoró la mixtura con actores de comicidad gruesa que enturbian la limpia claridad de la historia que cuentra Patrick. Es una historia sencilla: Una anciana pepenadora, que también vive de la caridad pública, lleva una existencia solitaria en el desván de una vieja casa que heredó, y que esta tan destruida como ella. Es una mujer buena que no le debe nada a la vida. A su desván llegan tres pícaros, dos hombres y una mujer, se instalan y tienen una idea genial: Asegurarla y cobrar el seguro. La vieja, al fin, se da cuenta y le dice toda ternura: "¿Querían tener dinero y por eso me mataban?... Pues ténganlo." De varios abrigos viejos, costales arrinconados y
|
otros sitios saca montones de billetes de dólares, porque todo esto ocurre, es natural, en una gran urbe, como Nueva York. Y salta la pristina moraleja: "Vivan y déjenme vivir..."
Asunto tan sencillo y conmovedor, que arranca de Los miserables, de Victor Hugo, Banquells y Polito Ortín, y el menor escala Bugarini y Rivas, lo convierten en un astracán tipo Ortiz de Pinedo-Emilio Brillas, que sólo es admisible en el subsuelo del teatro...
Sara García, isla rodeada de ineptitudes y absurdos por todas partes, lucha desesperadamente por establecer contactos humanos con el público. Los logra, claro está, porque es excelente actriz desde hace años. Pero la verdad es que se encuentra aislada, isla abandonada cerca del mar Muerto... de un teatro sin razón ni calidad.
La señorita María Eugenia Sanmartín, de juvenil atractivo, se halla muy lejos de alcanzar alguna meta como actriz, y se advierte claramente en esta obra, en al que revela que no tiene idea de los matices en al conversación ni del valor de los ademanes.
Polito Ortín se exhibe como Polito Ortín. Cumple discretamente Ramón Bugarini y lo propio logra Guillermo Rivas. Muy bien ambientada la escenografía de Arturo Brisha. Tal vez sea lo mejor del espectáculo, después de la heróica actuación de Sara García. |