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La casa Rosmer, en el teatro Orientación

Armando de Maria y Campos

    El teatro Club que dirige Rafael López Miarnau eligió para abrir una temporada con obras de grandes figuras del teatro contemporáneo el drama de Enrique Ibsen, Rosmersholm (La casa Rosmer), haciendo de él una libre adaptación como si de un traje de fines de siglo pretendiera confeccionar uno de esta época.
    La casa Rosmer fue estrenada en 1886, y los críticos de ese tiempo consideraron el drama de Ibsen como uno de los más perfectos que hasta entonces había escrito. Lectores y espectadores querían conocer la tesis. "No hay tesis -contestó Ibsen-; por encima de todo la pieza es una obra de arte; es la historia de seres humanos y destinos humanos". López Miarnau sólo vio en ella el mensaje de un socialismo precursor. Esta es la falla de la adaptación.
    Por aquel año del estreno la sociedad de obreros de Trondhjem, Noruega, le organiza un homenaje e Ibsen lo agradeció así: "Hay mucho quehacer antes de que podamos decir que hemos logrado una libertad verdadera, pero temo que nuestra democracia actual no sea capaz de resolver el problema. Es necesario que un elemento de nobleza penetre nuestra vida política, nuestro parlamento y nuestra prensa. Comprenderéis que no me refiero a la nobleza

de cuna, ni siquiera a la del dinero, del saber, de la aptitud o de la inteligencia: pienso en la nobleza del carácter, la nobleza de la voluntad y el espíritu. Sólo así seremos libres".
    El tema político es exterior al drama; se le descarta rápidamente, y el choque de los partidos políticos resulta anecdótico. Centra Ibsen el problema en el propósito de Rebeca (EmMa Teresa Armendáriz) y Rosmer (Augusto Benedico) que quieren ennoblecer las almas de los hombres. Ibsen está interesado, no en los problemas espirituales de Rosmer y Rebeca, sino en bucear en el intensísimo torbellino de sus almas. Crea como poeta más que como hombre de ideas avanzadas. La poesía de Ibsen se pierde en la versión de López M., quien tampoco logra actualizar la obra.
    La interpretación es muy notable de parte de Benedico y de Emma Teresa. Mucho mejor compuesta y sentida la de él. El resto del personal: Kroll (Mario Orea), Brendel (Nicolás Rodríguez), Mortensgaard (Ángel Casarín), y la señora Helseth (María Rubio) actúa con la mayor dignidad artística. La escenografía de Julio Prieto, muy sobria, reproduce con teatralidad la época. Buen manejo de luces, y digna de elogio la dirección de López Miarnau.