A principios de la década de los 50, el escritor inglés Alan Dent publicó en Londres un libro que debía causar sensación, Bernard Shaw and Mrs. Patrick Campbell. Todos los ingleses conocían la relación amistosa, sentimental, entre el gran escritor Bernard Shaw y la notable actriz Beatrice Stella Cambell. Shaw tnía 42 años y Beatrice Stella 34, cuando empezaron estas relaciones. Medio mundo inglés se preguntó en distintas épocas: ¿Hasta dónde llegó la intimidad entre el escritor y la actriz? La publicación de esta correspondencia revela el talento de ambos personajes de la escena teatral inglesa, pero no aclara la profundidad o la hondura de sus relaciones.
La correspondencia entre Shaw y a Campbell se inició en 1889 y concluyó en 1939. Como todo en la vida, la apasionada y sentimental correspondencia se fue apagando, conforme declinaban la grande actriz y el enorme intelectual. En 1955, apareció esta correspondencia en español con el título de Cartas entre un autor y una actriz. Un comediógrafo contemporáneo, ansioso de un éxito popular, construyó una comedia, que es un largo diálogo con base en las cartas entre un autor y una actriz... ingleses.
La lectura de esta correspondencia, para quienes amamos por igual a los grandes personajes del teatro universal, resulta en extremo curiosa, y llega a apasionar. Pero, ¿hay en esta correspondencia elementos suficientes arquitectónicos o de simple carpintería para construir una pieza que interese a públicos lejanos a este idilio, y ajenos a esta extraña pasión?
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Los hay. El autor Jerome Kilty es un buen arquitecto teatral. Con textos de la correspondencia creó un diálogo muy vivo y animado, que contiene todas las facetas del carácter, y del cambio de carácter con la edad, de los ilustres protagonistas. Sobre todo, nos permite conocer sus espíritus, y no hay nada más hermoso sobre la tierra que conocer espíritus privilegiados. El director Lew Riley logró darle movilidad escénica a este diálogo que no se hace interminable, acentuando un movimiento escénico de acuerdo con la acción interior, de pechos adentro, que es la escencia de esta comedia. David Antón se limitó a ambientar la escena con ricas, bien distribuidas y sobrias cortinas verde hoja seca.
La interpretación debe considerarse como extraordinaria. Lola del Río vive profunda y emocionadamente la difícil existencia de una actriz que triunfa y pasa. No tuvo necesidad de envejecer a la vista del público, hasta morir a los 74 años de edad, como lo pide el autor, porque todo lo pudo acendrar en la voz y en la emoción, que esta vez son uno mismo fenómeno. Luce magnífica; como la ex reina de Egipto o la princesa de Mónaco, fabulosamente enjoyada con el mejor gusto. López Tarso se desenvuelve magnífico, en el mejor personaje de su carrera. No cambia físicamente, pero a través de lo que dice el texto de Shaw, vemos cómo pasa la vida ególatra y sentimental de un genio. El público de esta avant première del Grupo Clarentiano, ovacionó con desbordado calor a Lola e Ignacio. Como lo haría, el México de buen gusto que goza con el buen teatro, a partir de mañana.
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