Estimo que es injusta la actitud severa de algunos críticos de teatro mexicano... o españoles, para la producción humorística de nuestro gran autor en este género, Alfonso Anaya B. El teatro humorístico, o de humor, es un género teatral nada más, como el teatro del absurdo, o el tremendista o tantos como nacen y desaparecen. Con la diferencia de que el teatro humorístico viene de fuentes lejanas, de Aristófanes nada menos.
Nuestro autor Anaya no es menos ni más que Paso, Llopis, Mihura o Tono, españoles. Aquéllos tienen más oficio, porque estrenan con frecuncia y porque vacían sus producciones en amplios cauces ancestrales abiertos por Vital Aza, Muñoz Seca o García Alvarez, hasta estos días. Todos fueron grandes chistómanos que tomaban una acción cómica, creaban personajes absurdos o no, los echaban a escena a que vivieran su vida y a que dijeran chistes. La chistomanía de los autores cómicos no importa que sea buena o mala, porque lo que cuenta es que produzca efecto y que éste sea teatral. En encontrar anécdotas cómicas y hacen hablar a sus personajes sólo con chistes es maestro Alfonso Anaya B. No es cosa fácil de hacer reír, y Alfonso Anaya, como cualquiera de los grandes autores cómicos del momento, no logra |
sin esfuerzo, con una fluidez que en ocasiones llega hasta la indignación del espectador que todavía no acaba de reír un chiste y ya tiene que abrir el paraguas de la paciencia para defenderse de una granizada de ingenio de varios calibres. La pieza de Anaya, Viuda... y tres millones, o Viva la paz, que también así se titula, merece verse, interesarse en su anécdota... y reírse, hasta troncharse, como se dijo en España e Hispanoamérica en tiempos de Muñoz Seca. No vale contar el argumento, porque no hay nada más fastidioso o estúpido que explicar un chiste antes de emitirlo ante inofensivo escucha. Punto en boca, pues.
Para representar obras cómicas precisa que los actores posean gracia, agilidad mental y matiz, además del sentido de profundidad que tiene cada frase. Venturosamente se dan estas cualidades en todos los intérpretes de la obra de Anaya. Bárbara Gil está deliciosa, y Carmen Salas, entradita en carnes, exhibe su gran calidad de actriz que sabe lo que dice; lamentablemente retirada de la escena material. Doña Carlota Solares, muy ceñida y graciosa. Igual que Olga Rinzo, Miguel Córcega, Ismael Larrumbe, Antonio Guaida se mueven y hablan a tono con sus respectivos personajes. De ellos sobresale la excelente actuación del tercero, en el que hay madera para sacar de él un excelente actor.
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