Un año más toca a su fin y para despedirlo se
han llevado a escena algunas obras, tales como El cielo se está cayendo, de Leonard Spigelgass; La mandrágora, de Nicolás Maquiavelo; Cena de matrimonios, de Alfonso Paso
y Una viuda sin sostén, además de una
revista musical infantil: Había una vez.
Obras que comentaré antes de dar una ojeada global a lo que este año aportó a
los escenarios capitalinos.
También se llevó a cabo la temporada del
Teatro de Cámara Alemán Die Deutschen Kammerspiele en la que su director Reinhold K. Olszewski trajo en gira triunfal: Endspurt (Carrera final), de Peter Alexander Ustinov; Don Carlos,
de Friedrich Schiller; Die Schule der Ehe (El colegio del matrimonio), de André Roussin,
en dos lecciones: Una femme quit dit la verité (Colegio de maridos) y Les glorieuses (Colegio de esposas); Scherz, Satire, Ironie und Tiefere Bedeutung (Broma,
sátira, ironía y significado más profundo), de Christian-Dietrich Grabbe y Der Widerspenstigen Zaehmung (La
fierecilla domada). La sobriedad y magnifica calidad de esta compañía es ya
conocida en México, dado que por cuatro años consecutivos se ha presentado
aquí. Esta temporada ha sido el último acontecimiento teatral en lo que se
refiere a compañías extranjeras, de este año.
El cielo se está cayendo
Sala Chopin. Autor, Leonard Spigelgass.
Traducción y adaptación de Antonio J. Carvajal. Dirección, Jorge Landeta. Escenografía, David Antón. Reparto: Berta Moss, Héctor Andremar, Eduardo Alcaraz, Adriana Roel, Berta Leahr, Rafael del Río, Freddy Fernández, etc.
En la comedia de enredo que presenta
Manolo Fábregas, El cielo se está cayendo,
el autor, Leonard Spigelgass hace una crítica aguda a
las madres dominantes que con el pretexto de actuar por el bien de su familia modelan
a su antojo la vida de sus hijos, esposo o hermanos, sin pensar que aquéllos
tienen derecho a trazarse su propio camino por sí mismos y de tomar sus propias
decisiones.
De tal manera que la familia al sentir la
imposición de la madre, comienza por afán de independencia a cometer actos
erróneos que pudieran ser irreparables, de no intervenir un siquiatra que
termina por convencer a la madre de que su conducta es inadecuada. Ella se
convierte en una paciente dócil. La anécdota es ingeniosa y está desarrollada
con una habilidad que habla muy en favor del autor, tanto por la veracidad [del
tema, como por la amenidad con que lo trata.] Y aunque en esta obra el papel
que más se presta a lucimiento es el de la madre, no fue descuidado ninguno de
los otros personajes.
El director, Jorge Landeta,
lo mismo que el traductor, Antonio J. Carvajal, lograron realizar su trabajo
magistralmente.
Eduardo Alcaraz dotado de una gran vis cómica encaja
a las mil maravillas en el personaje del padre; él es una de las piezas del
engranaje de la maquinaria que se ajusta perfectamente al mecanismo que mueve
toda la comedia. Su interpretación es excelente. Y lo mismo puede decirse de
Adriana Roel, la joven hija del matrimonio que decide llevar su propia vida,
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