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Nueva versión Debiera haber obispas

Armando de Maria y Campos

    Ahora ya sabemos cómo fue representada en un teatro de la Alemania oriental la comedia de Rafael Solana Debiera haber obispas, dirigida e interpretada en su postura escénica por un director alemán laureado: Hanns Anselm Perten. Lo sabemos porque este talentoso director vino a México para dirigirla, en el idioma en que fue escrita la comedia y como intérpretes de nuestro país, con la autorización y desde luego la satisfacción del talentoso autor mexicano.
    El director Perten vio, sintió, comprendió o entendió la pieza de Solana de acuerdo con su sensibilidad artística y como en Alemania no conocía a México, no pensó en nuestro país ni en la anécdota típica que la pieza pudiera contener, y apoyándose en la universidad de los personajes -que en México tal vez no supimos advertir- le dio un alegre y filosófico aire de pantomima empleando recursos que seguramente otros autores extranjeros -rusos, polacos, checos- también hubiran usado para que esta pieza que expone al público el beneficio que resultaría de que también pudiera haber obispas ... en cualquier país católico del mundo, fuera lo que es: una farsa dramática, pantomima muy humana, que hay que vestir y mover en forma y manera que no resultara una "curiosidad mexicana". En esto se reconoce el genio de Perten como director de teatro universal, y su ingenio como director alemán para usar melodías mexicanas como fondo musical de la acción. Los personajes bailarán al son que les toquen. No me parece pues, absurdo o falto de lógica el

vestuario y la peluquería desconcertantes con que Perten disfraza los personajes de la pieza de Solana, respetando al que es realmente humano, la protagonista, rodeada de tipismo y tópicos accidentales. Perten da una pequeña lección de cómo en cualquier parte del mundo se puede entender la pieza de un autor que la escribió en algún lugar de la tierra, llevando al escenario personajes que se dan en cualquier país. La experiencia es utilísima para el público y los directores de México y estoy seguro de que uno y otros le agradecerán y se solazarán con ella. Mis más sólidoa aplausos para Hanns Anselm Perten y mi felicitación a Rafael Solana por no asustarse ante el peligro que le dieran a su pieza interpretación al parecer desconcertante, finalmente justa.
    Entre la realidad y el sueño se deslizan la acción de la comedia y todo queda, como siempre, lo que pesa, que es lo que vale: el talento de los intérpretes. Quienes tuvieron que moverse dentro de un aire de farsa así actuaron, destacando, señera, la actriz Alicia Montoya Rodríguez en una escena eminente, quiero decir, de eminencia teatral. Gloria Marín se mostró en el personaje que debiera haber sido obispa, humana y natural, sencilla y clara. Su actuación fue como una gota de agua cristalina temblando en medio de un puñado de cuentas de colores.
    El público de estreno comentó, celebró, discutió y aplaudió, que de todo hubo, al director alemán Hanns Anselm Perten y también, en calor, al autor Rafael Solana.