Resaltar búsqueda

El guardián, de Harold Pinter, en el teatro El Granero

Armando de Maria y Campos

   De una veintena de dramaturgos ingleses que se han dado a conocer en el curso de los últimos cinco años, Harold Pinter, Ann Jellicoe y N. F. Simson destacan y forman un grupo aparte, creando un fenómeno dramatúrgico que ni siquiera es privativo de la Gran Bretaña, porque antes se ha dado en autores de otros países, como (Joyce), Kafka, Beckett o Ionesco, integrando el ala británica del teatro del absurdo, cuyos sustentáculos podrían ser el surrealismo o la super realidad. Pinter es el autor de la pieza The caretakee, o El guardián, reciente estreno en el Teatro del Granero de la ciudad de México.
    Pinter se dio a conocer el año de 1957, situándolo desde luego la crítica inglesa dentro del grupo de autores de realismo trascedental, representativo de la comedia de la amenaza o del teatro non sequítur, locución latina que viene a querer decir, casi literalmente, el disloque. Sin embargo, Pinter, como los otros autores de su grupo, califica su teatro de realista trascendental y trata de ahondar con él en el entresijo de la condición humana en esta época que vivimos, en que el hombre, como individuo, se ve acosado, amenazado por todas partes, en tanto que el mundo ajeno a él -todo el mundo-, anda metido en un laberinto inextricable. No hay espacio para exponer los temas de distintas obras de Pinter, inclinado siempre al tema paranoico porque reclama la atención del lector el drama que lo ha consagrado como una de las más grandes y fundadas promesas, de la dramaturgia británica actual: El guardián, estrenado en el Arts Theatre Club, de Londrés, el 27 de abril de 1960 e inmediatamente trasladado al Duches Theatre, de más categoría, en mayo del mismo año. En París con el título de Le gardien fue presentado en febrero de 1961. Ahora, antes que en ningún teatro de Hispanoamérica, en la ciudad de México.

     El portero, conserje o encargado, que cualquiera de las tres cosas puede significar la palabra inglesa, marca un paso en firme en la evolución de Pinter. Aún no desaparece en esta

pieza el síntoma de paranóica, porque uno de los personajes es un tipo medio tarumba, cuya individualidad ha sido difuminada mediante una operación de cerebro. No exísten símbolos en este drama cómico de teatro del absurdo. El personaje central es un andacaminos, refinado y ruín, exquisito y miserable, vagabundo al fin y al cabo, de más de sesenta años de edad, que lleva cuarenta en busca de unos documentos de identidad porque él mismo ha medio olvidado quién es, y sólo espera de la vida un par de zapatos comodos con los que alcance a llegar a no sabe él bien que lugar... Nada de melodrama, ni tampoco de truculencia. Personaje él y los otros dos, de carne y hueso, fantasmas los tres entre sí y en este mundo que nadie sabe hacia dónde rueda "por el piélago inmenso del vacío", como dijo un poeta ramplón y visionario hace más de medio siglo.
     La obra está admirablemente construida, en tres actos, partidos cada uno en dos cuadros; es de estrujante surrealismo. En verdad, Pinter pertenece por derecho propio al ala británica del teatro del absurdo.

    El actor José Baviera se consagra creando a Davies, el frustrado guardían, y con esta interpretación marca su ascenso al cenit de una carrera profesional que es de toda justicia reconocer y proclamar. Derrama un tesoro de matices en la creación de este personaje que inspira compasión y repugnancia y que, muy en el fondo, es simple ternura humana. Aldo Monti anima con su vitalidad física y su calidad artística al personaje Mick, hermano de Aston el tarumba melancólico y tranquilo, que con sobriedad y eficacia encarna el debutante Carlos Bracho. La dirección de Xavier Rojas está alcanzando la madurez de la mestría; desde luego Rojas es ya un maestro de la dirección. La escenografía de Armando Gómez de Alba reproduce con acierto, apoyada en eficaz utilería, una habitación de una vieja casa del oeste de Londres, estos días. La traducción de Jesús Cárdenas es tan viva, honda y directa, que la obra de Pinter se oye como si hubiera sido escrita en el mejor castellano teatral.