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La deliciosa amoral, de Abilio Pereira Almeida, en el teatro Rotonda

Armando de Maria y Campos

    El presente, breve comentario al estreno en México en el Teatro Rotonda, de la avenida Cuauhtémoc, podría titularse: una pareja de jóvenes actores en busca de un público... Del teatro Ofelia en la retirada colonia Chapultepec Morales a éste cerca de la plaza de Etiopía, la carrera ha sido larga y ojalá propicia para que con el cambio de rumbo la pareja Bárbara Córcega encuentre al público que anda buscando.
    En el teatro Ofelia, Bárbara Gil y Miguel Córcega se inclinaron por un repertorio blanco, familiar, de plácida digestión. En el teatro Rotonda parece que interpretarán un género de comedia ligera, frívola y... deliciosamente amoral. Lo pueden encontrar siempre que rectifiquen el tremendo error de haber iniciado su segunda etapa de autores-empresarios con una pieza de tan endeble categoría como La deliciosa amoral, del autor Pereira de Almeida, que anuncian como representativa del teatro de Brasil. Esto último es absolutamente inexacto. La pieza del señor Almeida es un melodramón tan antiguo como la manera de andar de los niños, que apenas se caen son levantados del suelo por los brazos de sus protectores que los guían en sus inseguros pasos; esta vez, los actores. Originalmente se llama la pieza Deliciosamente amoral, pero el título es producto de la fantasía brasileña, porque nada tiene de deliciosa la vida de una infeliz empleaducha que por vicio inconsciencia lleva una doble vida trabajando honestamente por las mañanas y francamente

 

deshonesta por las tardes y las noches y que aún se da el lujo de tener novio formal. De gran hallazgo estimará el autor usar el viejo truco de presentar los hechos cuando éstos han pasado, haciendo hablar a los personajes delante de la cortina, en presente, para que el público contemple en pasado las cosas tremendas en que se vio envuelta la protagonista amoral. Dos muertes en escena, una exhibición de locura y el relato de las mil y una horas de amor de una linda chica de veinte años. Dejemos a un lado obra tan mediocre, y volvamos la conciencia a la interpretación. Sólo el talento de Bárbara Gil le permite salir ilesa del bodrio que interpreta. Esta deliciosa... como actriz. Miguel Córcega sale relativamente airoso del furcio que interpreta, y está sencillamente bien José Luis Jiménez en el padre dipsómano, porque utiliza todos los recursos que para este tipo de interpretaciones ha acumulado el mal teatro. Hay un gran lunar en todo esto: la actuación de la señora Carlota Solares, que llegó al hechizo de las tres paredes muy tarde; cuando ya había poco sol en las bardas del teatro, y así se explica que lo que no tiene buen principio, el fin sea catastrófico, bufonesco dicho en una palabra. Bien y justo que la señora Solares se gane su pan, su sal y hasta su vino en interpretaciones ceñidas a un elemental sentido común teatral, pero hacer lo que hace en la pieza de Pereira de Almeida -un verdadero tango en escena- no está bien, para sus años. La dirección de Córcega, correcta. La traducción de Alcaraz, menos que mediana.