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Un hombre contra el tiempo, de Robert Bolt, en el teatro Hidalgo del IMSS

Armando de Maria y Campos

    Robert Bolt, autor inglés nacido en 1924, llevó a la escena inglesa en 1960 una pieza de las más importantes que se han representado estos últimos años: Un hombre contra el tiempo, puesta en escena además de en Londres, en Nueva York, que contiene una interpretación de la vida del humanista Tomás Moro (1478-1535), a quien León XIII beatificó en 1886 y Pío XI canonizó en 1935. La acción, es decir, los pasajes de la vida de Moro que lo muestran un hombre contra su tiempo, corre sólida y alígera a la vez de 1526 a 1535 presentada en catorce escenas agrupadas en dos actos.
    La anécdota que sirve de base a la acción es la actitud de Moro, acorde con su conciencia, de no reconocer el Acta de Supremacía que declaró a Enrique VIII de Inglaterra, jefe de la iglesia de su patria, ni sancionar la legalidad del divorcio de su rey con Catalina de Aragón, su cuñada para contraer nupcias con Ana Bolena. Canciller del reino, se abstuvo de admitir el derecho real a establecer leyes apartadas de las creencias tradicionales y sacrificó todo, hasta perdr la vida, para continuar siendo leal a sí mismo y mantener inquebrantablemente los dictados de su conciencia. Habilísimo autor Bolt, de certero y ceñido léxico, sin apartarse de hechos históricos precisos y usando las mismas palabras que en los episodios que reproduce emplearon Moro, Cromwell, Enrique VIII, el duque de Norfolk o el entonces embajador de la Corte española, plantea un tema de actualidad; lo plantea y lo conduce por eficaces vasos de comunicación al final lógico para un hombre que mantiene en favor de su espíritu los augustos beneficios de la conciencia. El hombre de ayer, leal a Enrique VIII como Tomás Moro, igual que el de ahora -en particular el intelectual, el humanista debe ser leal a sí mismo, no humillarse, como dijo Unamuno en ocasión con

un choque con Alfonso XIII, al hombre que ha de ser alimento de gusanos. Si la conciencia se mantiene firme y clara se está cerca de Dios, porque está seguro de sí mismo y se reposará en el seno de Él y en la historia de la conciencia como rector de una vida digna de vivirse.
    La interpretación a la pieza de Bolt -traducida con claridad y pureza incomparables por hombre que ama tanto al teatro como Salvador Novo- es excelente, en todos sus ángulos de creación y en la interpretación plástica de sus episodios. Ignacio López Tarso logra con sobriedad sorprendente vivir con sencillez la dramática y convulsiva existencia de Tomás Moro, y vence la difícil facilidad de crear un personaje de múltiples matices sin que éstos se adviertan. Narciso Busquets compone, este es el término más preciso, un Enrique VIII frívolo, malicioso astuto y malvado a la vez, esclavo de la sensualidad del hombre joven con poder. De gran actor que lo es resulta el Cromwell de Francisco Jambrina. Secundan a estos grandes actores Antonio Gama, Roberto Araya, Armando Zumaya, Alberto Galán, Pablo López del Castillo, Antonio Corona y Oscar Morelli, y están en su sitio como personajes ya sentimentales, ya dramáticos o egoístas, Ana María Blanch y Luz María Aguilar. Responsable lógico del resultado de esta admirable representación del director Seki Sano, en el cenit de su profesión y con una visión universal y de la más elevada categoría y dirección escénica; su rica sabiduría, su técnica eficaz y su disciplina artística sirven de manera contundente a este gran espectáculo, del que es colaborador invaluable el escenógrafo Julio Prieto que logró el acierto de crear una escalera que da acceso a corredores y que se antoja un milagro escénico, para ligar y apartar las catorce escenas, catorce estampas de la dramática historia que cuenta Robert Bolt.