Tengo para mí que la mejor de las obras de Federico García Lorca es la que él no alcanzó a ver representada, La casa de Bernarda Alba, llevada a escena años después de la muerte del poeta granadino, cuando éste ya había encontrado los rumbos de un teatro alejado de la experimentación o del pintoresquismo. Atrás habían quedado la zarzuela sin música de la vida de doña Rosita, el romance de unas bodas trágicas, la desesperada esterilidad de Yerma. Tanteos de poeta entre las sombras que padecen a la claridad de la dramaturgia verdadera. Cuando la del alba sería lo detuvo en su camino la dramática madrugada granadina en que perdió la vida. Entre sus papeles habían quedado el drama que más lo acerca a los grandes autores españoles: La casa de Bernarda Alba, mujer de extraña contextura moral que tiene por la virginidad de sus hijas un culto casi paranoico.
Cinco vírgenes de diversas edades viven impacientes, como yeguas y potrancas sin desbravar, por un hombre cualquiera, que no llega. Pasan delante de las ventanas cerradas los hombres que ellas desean, llenos de vida y de promesas, pero ninguno se detiene frente a la casa de Bernarda Alba que impone a sus hijas una ausencia total de pensamientos sobre el mandato de la carne; ellas materialmente se golpean los pechos contra las paredes y oyen cómo canta el hombre que pasa:
El segador pide rosas
para adornar su sombrero...
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Uno, al fin, se detiene buscando las tierras de la hija más rica y menos atractiva, pero se lleva entre las crines de su caballo el amor y la virginidad de la más jóven e impaciente. ¡Drama estrujante de la virginidad incontenible y desesperada!
Lo que cuenta en las reposiciones de obras famosas son las versiones personales de los intérpretes, más comprometidas cuanto más conocida es la obra. Para interpretar a Bernarda Alba se precisa de una actriz que sepa actuar con sentido profundo y vertical, y que cuanto sale de su boca por cuenta del autor tenga la suficiente responsabilidad para imponerlo. En este caso está, afortunadamente, Berta Moss. Cada una de sus hijas es la encarnación de un carácter diverso. Para crear a la hija menor, la que entrega la rosa al galán que no aparece y está presente en todo el drama, también hace falta una gran actriz. Esta vez se contó con Virginia Gitiérrez, que los es y lo demuestra. Las otras cuatro están a la altura de las ya citadas actrices de gran talento, y son: Margot Wagner, Carmen Aréu, Margarita Galván y Clementina Lacayo. La clásica criada del teatro español que debe decir todo lo que quiere el autor, recordar, explicar, ligar y ser, en fin, el contrapunto de la protagonista, está excelentemente interpretada por Micaela Castrejón. Cumple la señora Mercedes Ferriz como la madre loca de la que también loca a su manera de Bernarda Alba. Original, sobria y muy bien resuelta la escenografía de David Antón. Luis G. Basurto confirma su profesionalidad de excelente director escénico.
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