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De Aristófanes a Muñoz Seca, pasando por García Alvarez o Vital Aza, se han escrito obras cómicas que caen del lado opuesto de las que escribieron Eurípides y Sófocles hasta Sartre, para citar a uno de los tremendistas actuales. Novo, que en lo mejor de su edad intelectual ha llegado al conocimiento de las lenguas prehispánicas y de las historias cómicas de quienes las hablaron, ha preferido recrear, inspirándose en Aristófanes y siguiendo la línea de Muñoz Seca, una comedia cómica prehispánica, empleando, para decirlo pronto, los métodos que tan buen resultado le dieron a Muñoz Seca con sus piezas inolvidables, La venganza de don Mendo y Los extremeños se tocan. Con más talento literario que Muñoz Seca y con tanta calidad como la que se le reconoce a Aristófanes, Novo ha extraído pasajes cómicos de la vida social y guerrera de nuestros bisabuelísimos en estas tierras, tomándolos de autoridades tan indiscutibles como los padres Diego Durán y Torquemada o de crónicas como los Anales de Cuautitlán y la Mexicayotl, y zurciéndolos con una habilidad costureril que para si quisiera Valdés Peza, compuso -el hilo del humor es, naturalmente, suyo-, una ingeniosísima farsa en la que incrustó como lentejuelas en los trajes de torero que se fabrican para las películas norteamericanas, alusiones, frases completas, chistes trepidantes contemporáneos, lo mismo nacionales que internacionales. Exquisito florilegio prehispánico y de actualidad. El público escucha complacido lo que relatan los actores, pero preferiría verlo. Porque en el teatro, es teatro lo que pasa y no lo que se refiere. ¡Qué extraordinaria comedia aristofanescomuñozsequiana hubiera resultado la de Novo, si lo que se relata que sucede detrás |
de la escenografía de López Mancera ocurriera a la vista de los espectadores! La guerra de las gordas, con el uso de sus armas lácteas, no tendría precedente en la historia del teatro cómico en castellano, y aun en el griego. Pero no se ve nada; todo se relata. Si los futuros lectores de La guerra de las gordas, poseen imaginación para ver a los personajes con el atuendo con que se presentan en el escenario del Fábregas, cómo reirán a solas. Si se conforman con oir al teatro, la emoción será distinta y la fatiga los vencerá a mitad del segundo acto, a pesar de que el fulgurante ingenio de Novo invita a no leer, precisamente para no aburrirse, a Alvarado Tezozómoc o la pesadísima Monarquía Indiana...
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