el recitado a la tesis, las escenas dramáticas
a la antítesis y el efecto producido en el espectador a la síntesis.
Brecht en sus obras nunca olvida al
espectador, está siempre pendiente de qué reacción le producirá el desarrollo
del acontecimiento narrado, de qué enseñanza le proporcionará en relación con
el medio ambiente que rodea a dicho espectador.
Brecht quiere destruir al héroe, quiere
destruir la mentira y el engaño en los que el hombre se sumerge. Piensa que el
mito de que la “naturaleza” puede más que el hombre sólo podrá ser domina [sic] destruyendo los fantasmas que él
mismo se ha creado y que sólo así la voluntad del hombre podrá imponerse al
“medio natural”.
Brecht lucha contra la fatalidad. De ahí
que pinte un personaje contradictorio y vigoroso como Madre Coraje. Ella que
ama a sus hijos por sobre todas las cosas, quiere la guerra, que le da de
vivir, aunque en ella mueran esos hijos. Para Madre Coraje no es la guerra la
que la priva de ellos, sino la “fatalidad” -recuérdese que en la primera escena
en el momento de echarles la suerte los tres sacan el papel marcado con una
cruz negra, símbolo de la muerte-. Brecht, pues, desenmascara a Madre Coraje y
a través de su historia grita a los hombres que no es el destino el que domina
al ser, sino su propia necedad al buscar los beneficios comerciales de la
guerra, sin querer admitir que en ella mueren los hombres y que en ella pueden
sucumbir todos.
Brecht, al contrario de Shakespeare, opta
por el dominio del hombre sobre la fatalidad y trata de hacer comprender esto
al espectador. Ya que para él “el destino del hombre es el hombre mismo y no…
el destino”; él encarna su destino y se lo forja con sus acciones. Como dijera
Michel Zeraffa: “Brecht y Shakespeare se oponen, pero
se atraen y se explican el uno por el otro”.
Desgraciadamente Ignacio Retes, el
director y cotraductor, quiso ser más listo que
Brecht y se permitió el lujo de “corregirlo”. ¿Para qué las canciones? Se habrá
dicho... y las redujo a su mínimo. Por otra parte, intentó dar un efecto de
distanciamiento únicamente haciendo que los actores, de vez en cuando, hablaran
dirigiéndose al público. Por supuesto no logró nunca dicho efecto; lo que
convirtió el teatro épico (tal como Brecht entiende este término) en un teatro
de tradición aristotélica.
Si a Brecht no le interesaba abrirle los
ojos a Madre Coraje, para que se percatara que era la guerra la que la destruía
y no la fatalidad, sí le interesaba abrírselos al espectador, pero Retes no se
interesó ni en esto, ni en lograr que el personaje de la madre cumpliera su
misión didáctica, sino que trató de que el espectador se identificara con la
desgracia de esa mujer, madre, a pesar suyo, de una heroína, muerta en la
guerra por tocar el tambor, y dos soldados.
Si a Brecht le interesaba exaltar las
contradicciones de una sociedad que se mata entre sí, Retes en su calidad de
director, tenía la obligación de hacerlas resaltar y no de atenuarlas y doña
María Tereza Montoya, a su vez, la tenia de
proyectarlas.
En su ensayo La dialéctica del teatro, Brecht habla de la actriz Weigel -su esposa- al interpretar el personaje de Madre
Coraje y dice de ella que “usaba una técnica que impedía radicalmente al
espectador identificarse con el personaje. Hacía su oficio de comerciante no
como algo natural, sino como una cosa históricamente encuadrada, perteneciente
a una época específica, y por lo mismo transitoria, destinada a desaparecer,
pero a la vez señalándola como la mejor época para el comercio. La guerra era
entonces una fuente de ganancias que tenía frente a ella, pero una fuente
emponzoñada, en la que Madre Coraje bebía su muerte. La mujer de negocios se convertía
en una contradicción viviente que la desfiguraba, la mutilaba, hasta hacerla
irreconocible. La rebelión de su hija contra ella (al tocar el tambor) la toma
desprevenida. Lo profundamente trágico de la vida de ese personaje consiste en
una terrible contradicción aniquiladora, que sólo puede ser resuelta -por la
sociedad entera- a base de largos y tremendos combates. Y la superioridad ética
del juego escénico de la Weigel, consistía en que el
ser humano -así fuese el más vigoroso y el más desbordante de vitalidad-
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era mostrado por ella como destructible”.
De toda esta concepción del personaje de
Madre Coraje, doña María Tereza Montoya no tuvo ni la
menor idea. Y no se trata de prejuicios, derivados del hecho de que ella haya
sobresalido en melodramas como La malquerida -si este era el teatro de su tiempo, ella no es la culpable- no es que se le
considere incapaz de interpretar el teatro moderno, no. Ahí está, frente a todo
el que quiera constatarla, su actuación fuera de ritmo, sus silencios
inadecuados, su rebuscada forma de dar intención a las frases y de cortarlas
sin ninguna razón, su superficialidad, en contraste a su buena presencia
escénica y a su vigorosa caracterización mímica. Pero así como el gesto debe
corresponder a la palabra, también la palabra debe corresponder al gesto. Ella
logra actitudes quo si hubieran estado apoyadas con la voz, la entonación, el
matiz y sobre todo con el ritmo, habrían resultado de una gran calidad
interpretativa. Lamentablemente no fue así y María Tereza Montoya nos brindó una personificación mutilada, sin envergadura de ninguna
especie.
El resto del reparto, en virtud de estar
sujeto a la concepción que el director tuvo de la obra, hace que quede en
cierta forma libre de la responsabilidad de no haber seguido la técnica
brechtiana, sino la tradicional. Así pues, debe juzgársele de acuerdo a ésta
únicamente. ¿Cómo iban los actores a buscar un distanciamiento no pedido por el
director? De tal suerte que al quedar limitados a una determinada esfera de
acción, no puede exigírseles más que un adecuado rendimiento dentro de aquello
que el director les marcó. Según la técnica tradicional, los actores cumplieron
con su cometido en forma excelente.
El personaje de la hija muda es difícil
que hubiera encontrado una mejor intérprete que Judy Ponte, quien logra proyectar en todas sus escenas los pensamientos y
sentimientos de aquélla en sus distintas etapas, edades y desgracias. La escena
del tambor, es magistral, cada una de sus reacciones a los acontecimientos que
se suceden mientras ella está dando la voz de alarma al pueblo dormido para que
se despierte y pueda defenderse de la agresión, son, si vale el término,
geométricas, por su precisión.
Héctor Ortega hace una creación de su
personaje de “queso suizo”, el bobo, y honrado hijo de Madre Coraje, a quien
cuesta la vida su honradez. Su gran capacidad mímica se manifiesta una vez más
en todo su esplendor. El día que Héctor Ortega domine a la perfección su voz y
su dicción, será una de las primeras figuras indiscutibles de nuestros
escenarios.
Por su parte, Aarón Hernán es un actor
completo, que en poco tiempo ha logrado situarse entre los más sobresalientes
valores jóvenes por sus dotes extraordinarias y el dominio técnico que ha
alcanzado. Muy bien igualmente Francisco Jambrina,
vaya para él, lo mismo que para Alfredo W. Barrón y Patricia Morán, un aplauso,
así como para aquellos que realizan con toda pulcritud los papeles de más breve
extensión: Jorge Mateos, quien ya merece una mejor oportunidad, Hortensia Santoveña, José Carlos Ruiz, Álvaro Carcaño, Daniel
Villarán, Roberto Rivero, Alejandro Parodi, etcétera...
Muchos han sido los aciertos de Julio
Prieto en el presente año, y el de la escenografía para esta obra es uno de los
más notables. Su estilo cada vez más depurado -que ya no recuerda ni en sueños
aquel Marco Polo de triste memoria-
lo coloca en la cúspide de su madurez.
Bien vale la pena el conocer esta obra
-aunque con graves errores en la versión actual- en la que Brecht, como
Einstein del teatro, muestra que todo en la vida es relativo, pues las virtudes
más apreciadas en tiempos de paz, son defectos castigados con la muerte en
tiempos de guerra. ¿Acaso no fue un defecto en “queso suizo” el ser honrado?
¿No fue ejecutado por ello? Y lo que es heroicidad en tiempos de guerra, es
asesinato vulgar, penado con la muerte, en tiempos de paz, tal como lo hace
patente la acción de Eilif, el otro hijo de Madre
Coraje. Esta obra, que condena la guerra, así sea santificada -se trata de la Guerra de 30 años, entre católicos y protestantes-
es uno de los cantos más bellos que se han hecho por la paz; esa paz de la que
el hombre apenas ha oído hablar algunas veces.
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