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Las paredes oyen, de Juan Ruiz de Alarcón, en la sala Cinco de Diciembre

Armando de Maria y Campos

    Reintegrado físicamente a México después de haber estado frente a varios escenarios europeos, del Medio Oriente y Oriente, desentumecidad las piernas del largo viaje por el aire, acudo al primer teatro abierto que encuentro en la ciudad de México. Elijo entre dos. En uno se exhuma una comedia extraordinaria, famosa en el mundo de habla española, de Juan Ruiz de Alarcón, en el otro se desprende de las páginas de un antiguo libro de versos la flor marchita de una zarzuela sin música de Federico García Lorca. Un natural impulso patriótico me lleva a la Sala Cinco de Diciembre para oír y ver la comedia del autor de Taxco, con la que nació la comedia de costumbres en habla castellana.
    Escasísimo público, que estruja el corazón después de venir de países con teatros de dos y hasta cinco mil localidades, vendidas con dos o tres semanas de anticipación. Comprensivo y resignado me dispongo a oir y ver la comedia Las paredes oyen, pieza representada en México en dos ocasiones solemnes; ahora es distinto. La escenografía es de sencillez que llega a los límites de lo precario, modestísima. La iluminación apenas discreta y para darle vida a los trastos que se adelantan a la cámara negra que sirve de fondo común a la acción. El vestuario, entre rico y pobre, de acuerdo con las posibilidades de las guardarropías teatrales. La dirección nunca ambiciosa, tampoco audaz, pero sí estimable en general.

    No es fácil hacer llegar al público contemporáneo textos como este de Ruiz de Alarcón, escrito para el público de Madrid y provincias del año de 1617, por cierto, según frase del editor español que imprimió esta con otras siete comedias de nuestro ilustre paisano, después que había "pasado la censura del teatro". Los actores de la sala Cinco de Diciembre, a la cabeza de ellos y muy dignamente, Elda Peralta, ¿sabrán lo que dicen, calaron en el profundo sentido del pensamiento alarconiano? Lo difícil de representar teatro clásico, particularmente el del siglo de oro español, por actores de siglos posteriores, está en entender y saber expresar y sentir lo que dicen, muchas veces preocupados en el ademán y en el movimiento que en la clara dirección y la puntuación melódica y ortográfica. Salvan con donaire este escollo Elda Peralta, Carlos Ancira y Farnesio de Bernal en particular.
    En tanto escuchaba los versos de oro de Ruiz de Alarcón recordaba la generosidad de Lope de Vega, haciéndole justicia a su colega en el arte de hacer comedias, al declarar:

En Méjico la fama
que como el sol descubre cuanto mira,
a don Juan de Alarcón halló, que aspira
con dulce ingenio a la divina rama,
la máxima cumplida
de lo que puede la virtud unida.