Mientras vuelo rumbo a Europa y Oriente se desarrollan los últimos ensayos de la tragedia de Romeo y Julieta, una de las más bellas leyendas de todos los tiempos, que Shakespeare recreó y permanece tan fresca como en los años -el gran poeta andaba en los 28 años de su edad- en que trazó en su forma primitiva este milagro de juventud y de inspiración ante el que palidecen todas las prodicciones anteriores al teatro del Renacimiento inglés. No vale repetir con motivo de su nueva postura en un teatro de México, que Romeo y Julieta es la primera tragedia que escribió Shakespeare, su primera obra sensata, su primero y definitivo triunfo sobre Marlowe. La producción de Shakespeare tiene un antes y un después; antes de Romeo y Julieta, después de este gran acierto teatral. Hasta de él, Shakespeare era uno de tantos escritores; desde él es y seguirá siendo Shakespeare. Luis Astrana Marín cree que Romeo y Julieta es la hermana gemela de La Celestina.
Los remotos manantiales de Romeo y Julieta se remontan a la novela griega de Anthia y Abrocomas, de Jenofonte Efesio, escritor de la centuria segunda, que recogió, arregló y amplió Masuccio de Salerna, llamado el Bocaccio napolitano, en 1476. El tema fue recogido cincuenta años después por Luis de Daporto, militar retirado nacido en Venecia. Ambos hablan de dos jóvenes de Siena, Maziotto Magnanelli y Giannozza Saraceni, que ante los |
obstáculos que se oponían a su amor, decidieron unirse en secreto en presencia de un fraile agustino, que ya se llamaba Lorenzo.
Para Frank Harris en Romeo y Julieta hay mucho de Shakespeare y cree que aunque hubiese tratado de ocultarse en su obra no lo habría conseguido. Ahora que la impresión da la mano -dice-, el pie o la oreja de un hombre basta para distinguirlo de todos los hombres, la marca, la forma y la presencia de su misma alma se revelan en sus obras maestras. Como hizo decir a Hamlet: "Conocer bien a un hombre es conocerse a sí mismo" con lo que justifica la paradoja de que el arte dramático no es más que una forma de autobiografía. Es consecuente pues, considerar que en su obra maestra de psicología el dramaturgo revela la mayor parte de su índole y se lleva a sí mismo a escena. En el caso de la tragedia de Romeo él es un poco Romeo. Con lo que puso de su alma y de su carácter en esta tragedia conocida siglos antes de que él naciera y con su habilidad para sembrarla de chistes, anfibologías, retruécanos, equívocos y juegos de palabras de toda índole y condición, desde la sentencia profunda hasta la frase subida de tono, anticipándose a Rabelais y a Quevedo, se explica la frescura, la gracia y la juventud eternas de esta extraordinaria obra de teatro que espero ver y oír a Jacqueline Andere y a Jorge del Campo a mi regreso de Tel-Aviv y de Estambul.
|