Voces de gesta. Teatro Orientación. Autor, don Ramón del Valle Inclán. Dirección, Xavier Rojas. Escenografía, Armando
Gómez de Alba. Reparto: Elda Peralta, Carlos Bribiesca,
Carlos Bracho, Antonio Alcalá, Manuel Zozaya, Ángel
Merino, Mónica Miguel, Gloria García, Edmundo Saracho,
Sergio Márquez y César Sobrevals.
El grupo Taller Teatral Mexicano ha presentado la obra de don Ramón del Valle Inclán Voces de gesta, cuya acción tiene lugar
en la época en que España sufrió la dominación de los moros. Más que obra
teatral podría calificarse de poema, dada la preponderancia que el autor dio al
lenguaje sobre la forma dramática. En el sentido de la construcción teatral, no
es de las obras mejor logradas del genial don Ramón. Si bien en ella se
perfilan esos personajes goyescos a los que denomina “esperpentos” y que
encontramos en otras obras suyas -por ejemplo en Divinas palabras- y que se caracterizan por su potencialidad
dramática, otros de sus personajes, como el rey Carlino,
están sustentados sobre varitas de paja que se vuelan al primer soplo.
La
intención positiva del autor al cantar a la libertad, da un resultado negativo,
por el deshilván de la anécdota, y porque sus
personajes consiguen una esperanza que no está apoyada en buenos cimientos.
Todo son palabras al aire, riqueza de lenguaje, pero disonancias en la acción.
¿Qué
podía hacer Carlos Bribiesca con ese personaje
destemplado que es el rey Carlino? ¿Qué podía hacer Xavier
Rojas para que no resultara falso en su eterno llanto e iluso en su esperanza
sin fundamento? Problemas difíciles tuvieron que enfrentar ambos, en sus respectivos
trabajos de actor y director.
El
caramelo de la obra, es el papel central femenino. Este tiene todos los ingredientes
para que una actriz se luzca a su máximo, ya que pasa por todos los estados
físicos y espirituales, posibles: adolescencia inocente, jubilosa; violación, ceguera,
dolor de madre que presencia cómo su hijo crece en la esclavitud hasta que es asesinado
por el propio padre del niño y violador de ella: el capitán moro; valor heroico
para tomar venganza y veinte años en busca de su rey, para ofrendarle la
cabeza cercenada del moro, la que se ha podrido mientras la llevaba a cuestas,
entregándola al fin, para abrir la puerta de la esperanza y la fe a su rey y a
su pueblo.
Todo un
melodrama al que Elda Peralta dedicó todos sus esfuerzos. No hay duda que ella
ha prosperado mucho en los últimos años de trabajo y en esta obra puede
apreciarse más, sobre todo porque ya sin el apoyo de Alexandro, con quien ha trabajado
siempre, pueden verse mejor sus adelantos personales. No obstante aún le falta
madurar.
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Decididamente
esté género de teatro no es la línea de Xavier Rojas. Aunque la obra no esté a
la altura de Divinas palabras, ¡qué
abismal diferencia entre la dirección que hizo de aquélla, recientemente, Juan
Ibáñez! Lo relaciono únicamente por tratarse del mismo autor y porque la
distancia es positivamente notable. Rojas se limitó a hacer recitar a los
actores, y no logró que éstos salieran de la monotonía y del sentimentalismo.
De ahí que por más que hiciera Antonio Alcalá, Carlos Bracho, Manuel Zozaya, Ángel Merino y todos los demás actores, el
resultado de sus esfuerzos haya sido apenas modesto.
Los persas. Teatro Tepeyac. Autor,
Esquilo. Dirección, Jebert Darién. Reparto: María
Crespo, Antonio Trabulse, Jebert Darién, Leonel Chávez, Bernardo Narváez, Juan Allende, etc...
Ya pasaba
Esquilo de los cincuenta años cuando estrenó la trilogía de la que formaba
parte Los persas. Corría el año 472
a. C. y en ella muestra su compasión por el enemigo vencido. Ya en esta
tragedia son cuatro los actores que encarnan a los personajes principales, aun
cuando nunca aparecen más de dos a la vez y el coro predomina menos que en las
primeras tragedias del valiente soldado de Maratón y Salamina.
Este
desligar a los personajes principales del coro fue una de las valiosas reformas
que Esquilo aportó al teatro |
de su tiempo.
Todo su canto, de principio, a fin, más que sujeto a las leyes de la dramática,
lo está a las de la poesía épica; no hay acción presente, sino una narración
episódica de gran aliento lírico que fluye del poeta como de un manantial.
El
acierto de Jebert Darién, como director, fue ante
todo el de dar al coro una movilidad plástica de intención más estética que
histórica, como un basamento arquitectónico sobre el que se habría de sustentar
la dinámica de los personajes. También la forma de recitado del coro es
geométrica, con un ritmo siempre constante -pero no monocorde-, siempre rítmico
-y nunca uniforme-. Quizá en algún momento pudieron haber sido menos simétricos
los desplazamientos; sin embargo, la simetría no desagrada, sino que por el contrario da consistencia al juego
escénico.
Sobresalen
algunas voces vigorosas -aunque también hay una que otra desgarbada-. La
actuación de María Crespo y Antonio Trabulse son
dignas de aplauso, incluso la de Jebert Darién -cuyo
único inconveniente es el bajar el tono de su voz en algunas ocasiones a un
volumen menor que el audible.
En
general el coro y los coreutas -Leonel Chávez y Bernardo Narváez- hacen un
trabajo sumamente correcto; del único que se puede decir que jamás entró en su
personaje, y que por otra parte tampoco corresponde en apariencia física a la de
aquél, es Juan Allende, quien no logra siquiera acercarse a la medianía.
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