Dichosa la actriz como Nadia de Haro Oliva -nacida en Francia, pero mexicana por su matrimonio con el militar Antonio Haro Oliva y por su identificación con México- hace únicamente el teatro que le gusta, tiene éxito con él y, todavía, gana interpretándolo, alcanzando su fortuna, entendiéndose el término no precisamente como capital, al grado máximo de contar ya con un teatro propio y éste con un público que ya sabe lo que va a ver en su escenario.
Nadia soñaría alguna vez con interpretar la protagonista de La dame de Chez Maxim, de Georges Feydeau, vodevil de situaciones que en las postrimerías del apogeo del can-can alcanzó singular éxito en Francia y rápidamente invadió los escenarios europeos y americanos, y habrá puesto tal empeño en cumplir su anhelo, considerando a la Mimí, corista del Maxim's como un personaje dentro del repertorio que para sí misma se ha formado, que encargó a su propio esposo -que nadie mejor que él la comprende como actriz y mujer de exquisitas ambiciones teatrales-, le compusiera una adaptación reducida, sobre todo en personajes al área del escenario del teatro Arlequín, que no es apto para el desarrollo de las mil y una situaciones cómicas de esta pieza de uno de los más afortunados autores escénicos de fines del siglo XIX y principios del XX que poseyó extraordinaria vis cómica y mereció que algún crítico considerara que tendría su lugar en el Temple Goú a los pies de Moliére y de Rabelais.
El mayor Haro Oliva realizó un verdadero prodigio de síntesis y aprovechando lo mejor de |
Feydeau hizo una nueva obra que tituló La dama del Maxim's. En realidad de Feydeau no queda más que la esencia; la construcción, la nueva distribución de escenas, la selección y reducción de personajes, la oportuna y zigzagueante gracia de las situaciones son de Haro Oliva. Algunos chistes los aportó Carlos León.
Nadia de Haro Oliva, con perfecto dominio del arte y del oficio, que de ambos elementos se nutre su personalidad, hace una Mimí deliciosa y encuentra ocasión para cantar un cuplé, como era indispensable en el antiguo vaudeville, y de bailar trozos del inmarchitable can-can.
Su frívola y picaresca interpretación de la corista del Maxim's, tiene dos sustentáculos inapreciables: Los grandes actores Miguel Manzano y Carlos Riquelme, a quienes sigue muy de cerca Luis Manuel Pelayo. Otra colaboradora de gran calidad para el conjunto de la pieza, es la fina y madura comicidad de Andrea Palma. El resto tiene, necesariamente, que formar un paisaje de conjunto. Pero nadie desentona en el paisaje que revive un París de principios de siglo. Estos son algunos de los nombres que merecen consignarse en esta breve reseña: Marina Isolda, Natalia Gentil Arcos, Elvira Lodi, Jovita Vargas, Mario Vega, Enrique Díaz Indiano, Manuel Sánchez Navarro, etcétera. La dirección de Duprez es digna de elogio por la naturalidad con que mueve los personajes y le da relampagueante naturalidad a las situaciones más difíciles. La escenografía de López Mancera es propia de la época.
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