Una de las pruebas más difíciles de salvar para una actriz que aspire a ser profesional, que necesariamente tiene que probar y aun aprobar con alta calificación, es la interpretación de piezas que por alguna causa han sido representadas por diversas actrices y llegan a integrar el repertorio universal que admite a sus personajes, no obstante su origen, en todos los climas que equivale a decir que en distintos países.
Bárbara Gil ha demostrado que está en la plenitud de su carrera profesional al incorporar a su repertorio personal, muy diverso por cierto y no bien seleccionado, la protagonista de una de las comedias más representadas en el mundo entero, aunque no más famosas, por el tema costumbrista de su argumento. La esposa constante, de William Somerset Maugham, nacido hace cerca de ochenta años.
The constant wife, principió a ser representada a mediados de la década de los veinte y desde luego alcanzó una enorme difusión en los países de habla inglesa de todos los continentes y en consecuencia fue traducida a los idiomas europeos, representada en español en los principales teatros de España y en México, en el antiguo Fábregas al final de los treinta. Como tantas otras buenas comedias duerme a veces largos años en los archivos teatrales, pero cuando se la saca de ellos, se le sacude el polvo del tiempo y encuentra, sobre todo a una buena actriz, no pierde eficacia su intriga, porque es característica de la alta burguesía londinense. El argumento cabe en un papel de fumar. Un marido engaña a su esposa con su mejor amiga. Ello lo sabe y lo sufre en silencio. Se sabe al fin, porque |
en este mundo todo llega a saberse. Muy teatralmente plantea el autor la posibilidad de una reparación; pero... eso es, o era imposible en la alta burguesía de Londres. La lección es sencilla: los amoríos, aun adulterinos, pasan, pero la esposa es constante.
El personaje de Constanza, la esposa constante ofrece múltiples dificultades, porque si bien es multifacético, sus aristas hieren definitivamente a la actriz que no lo es verdaderamente. En cambio si la Constanza se encuentra con una gran actriz, su interés cala en lo más profundo del ánimo del público, y la actriz queda consagrada, no importa los tropiezos y desaciertos que en lo futuro pudiera tener. Una "esposa constante" bien representada, sentida, matizada, sufrida e irónica, habilísima en el juego de situaciones de la que es siempre el centro, consagra, en suma, a una actriz que verdaderamente lo sea, como intérprete de los más difíciles personajes. Bárbara Gil está encantadora, desenvuelta, humana y subyuga con su dolor interno y macerado del principio al fin. Brilla con tan auténtica luminosidad que el resto de los intérpretes apenas si se ve. Muy hermosas y discretas Lupe Llaca y Marcela Davilland. Mesurada, doña Carlota Solares y cumpliendo con oficio Miguel Córcega, Ismael Larumbe y Arturo Soto Ureña. La dirección fue confiada a la actriz Clementina Otero de Barrios, en algún tiempo intérprete de esta obra y lamentablemente perdida para nuestro teatro; es correcta y estrictamente tradicional.
Adelante, Bárbara, es usted ya una actriz orgullo del teatro nacional.
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