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¿La fidelidad es un error?, en el teatro Ofelia

Armando de Maria y Campos

    Dirigida de preferencia a un público de gusto fácil y de digestión normal, se viene representando en el teatro Ofelia una farsa en tres actos de Sergio Puglieste, que su autor tituló El hipocampo, caballo del mar, que, según sus biógrafos de enciclopedia, es un animalucho, aparte de muy bello, inclinado a la fidelidad. ¿Comete el hipocampo un error al permanecer fiel a su hembra?...
    En las profundidades del mar, donde la moralidad carece de códigos, esta pregunta se antoja inútil. No ocurre lo mismo con los hombres. Por esto doña Carmen Toscano, traductora de la comedia de Puglieste, prefirió rebautizarla con la interrogante angustiosa: ¿La fidelidad es un error?, y para hacerla más fácil a nuestro público, trasladó su acción a la ciudad de México.
    Se trata de una farsa y, con esto, se revela al lector que sus intérpretes se desbocan, materialmente, y actúan sin freno o brida para hacer reír al público, en vez de hacerlo sonreír, que es lo que se propuso el autor con el fino y entretenido asunto que plantea al espectador.

    Si se trata, como caso patológico, la infidelidad matrimonial, no menor es el problema que significa la fidelidad absoluta, vertical. En el caso del compositor, que es la rara avis en la farsa de Puglieste, la infidelidad podría justificarse, pero resulta que el tal compositor es un infeliz incapaz de engañar a su esposa ni con el pensamiento, ergo su música es floja, ramplona. ¡Tiene que ser infiel! Y entre si lo logra o fracasa, la farsa corre por la pista y el público se divierte. Actores con innegable simpatía como Bárbara Gil y Miguel Córcega, Raúl Farell, Teresa Grobois y Marcela Daviland permiten que el espectador suponga lógicas las escenas que presencia, pero sólo hasta el momento en que aparece la señora Carlota Solares, actriz de gruesa comicidad. Pero como el público a la que va dirigida la pieza de Puglieste se muestra complacido, la misión del cronista se limita a consignar que los actores se desenvuelven con gracia y simpatía en una farsa que no dura más tiempo que el fugaz rato de buen humor, tan escasos en el mundo atormentado en que vivimos.