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La ópera del orden

Armando de Maria y Campos

   Sin taquilla, abiertas las puertas del teatro a amigos y correligionarios, los que al final son invitados a depositar un óbolo que recoge en un sombrero una de las actrices, el virtuoso del teatro Alejandro Jodorowsky ha presentado un extraño espectáculo en un acto largo, muy largo, con el título de La ópera del orden, paradójico desde luego porque lo que ocurre en el escenario carece de todo orden y es, si se le ve de acuerdo con la estructura del teatro que viene evolucionando desde hace 2,000 años, un auténtico desorden.
    Jodorowsky se ha propuesto epatar a quien se deje. Para esto viene actuando como mimo, como director, como actor y ahora como autor. Tiene talento, sin duda, pero también un impulso de exhibicionismo que llega a los límites de la fenomenología. Posee también, seguidores, afortunadamente con talento porque sobre éstos encuentra los mejores sustentáculos para su labor desconcertante para muchos, divertida para otros, extravagante para los más.
    La ópera del orden constituye un espectáculo -el primero de una serie que presentará un grupo que ha tomado el nombre de Teatro Pánico-, divertido, extravagante, y, a veces, desconcertante. A quienes se asombran de todo lo que creen nuevo porque ignoran lo viejo, les gusta y hasta les causa alboroto. La verdad es que lo único nuevo que hay bajo el sol, es lo viejo, en cualquiera de las nuevas formas que se nos presente. Alejandro se divierte como autor presentando en su Ópera del orden desordenado varias escenas sin relación entre sí

y dizque cada una con un mensaje. No todos los mensajes nos traen un contenido con valor; hay mensajes que más vale no recibirlos por teléfono, por telégrafo por cable o radar, o por el teatro. Entre los muchos que presenta Alejandro en su hilarante pieza, está uno contra los críticos de teatro, en particular si han pasado de los cuarenta años; con eso cree provocar la ira de los críticos. Sólo ha conseguido divertirnos. En otros mensajes se advierte un claro deseo de que intervenga el fantasma existente de la censura oficial. Todo lo que dice, como autor, por audaz que parezca, tiene la sencilla complicación de lo inútil.
    La interpretación requiere extraordinario esfuerzo de amor al teatro. Reconocemos la afición y la capacidad interpretativa de todos los que participan en este espectáculo, en particular Beatriz Sheridan, Alvaro Carcaño, Javier Cervantes, Roberto Colmenares, Guadalupe, Graciela Henríquez, Bernardette Landrú, Pablo Leder, Luis Miranda y otros.
    La gran novedad consiste en que la escenografía está dividida en cuatro partes, y realizada, previo sorteo, por Manuel Felguérez, Vicente Rojo, Lilia Carrillo y algún otro pintor que, para significarse, se dejó crecer la barba. En la escenografía aparecen láminas con imágenes de santos, colchones destripados, maniquíes con los glúteos al descubierto y hasta la taza de un sanitario. ¡Esto sí que es nuevo en el teatro de elemental buen gusto! Un grupo de twist le da contenido musical a esta ópera caótica.