verdaderamente bien logrados y convincentes.
Joaquín
Cordero tiene una suerte especial para que le den siempre papeles sin
personalidad, que son apenas como un pretexto para el desarrollo de la acción.
De su interpretación no es mucho lo que hay que exigir, así como tampoco es
mucho lo que él tiene que poner de sí mismo en su personificación.
Eduardo Alcaraz es un buen cómico, como Riquelme, conoce su oficio,
sabe provocar la risa del público sin tener que recurrir a la sobreactuación,
pero, como Riquelme, no se transfigura, aparece siempre con su misma
personalidad, salvo en aquella comedia de Mis
queridos patanes, en que si realizó una caracterización.
La
escenografía de David Antón, el escenógrafo de moda, es de buen gusto y enmarca
adecuadamente la acción de la comedia.
Butaca 47. Teatro Arlequín.
Autor: Louis Verneuil. Adaptación y traducción: Carlos
León y Antonio Haro Oliva. Producción y codirección:
Antonio Haro Oliva. Dirección: Julián Duprez. Escenografía: Antonio López Mancera. Reparto: Nadia Haro Oliva, Alejandro Ciangherotti,
Miguel Manzano, Fernando Luján, Marina Isolda, Olivia Fonseca, Mario Vega y
Elvira Lodi.
Hablar de
esta obra, aunque no sea reposición, no sé por qué me suena a redundancia. Será
que todas las comedias que pone en escena el Arlequín, al quedar adaptadas para
este teatro resultan tan iguales unas de otras,
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que al hablar de una obra parece que se ha hablado de todas.
En ésta,
como en todas las comedias en que trabaja Nadia Haro Oliva,
todos los actores giran alrededor de ella, como si fuera la autora, en lugar de
personificar los papeles escritos por el verdadero autor. ¿
Cómo era la Butaca 47 de Louis Verneuil antes de haber sido adaptada y traducida por
Carlos León y Antonio Haro Oliva -quien por cierto ya
se ascendió a sí mismo a “codirector”? Es cosa que a Nadia Haro Oliva no le interesa. Ella pone en los personajes que interpreta algo de
picardía, con su pizca de sentimentalismo, unas gotas melodramáticas y una
buena dosis de gracia y comicidad y con esta fórmula resuelve cada una de sus
personificaciones.
Miguel
Manzano y Ciangherotti, siempre burdos, siempre con
actitudes vulgares, sólo le hacen el juego a Nadia, con su comicidad barata.
Fernando
Luján es más refinado -ojalá hablara más fuerte, pues aun en este pequeño
teatro, hay momentos en que apenas se le escucha-. Marina Isolda, para seguir
con la tradición fue escogida de tal manera que no le hiciera sombra a Nadia, y
de ella sólo se puede decir que tiene todavía mucho que aprender antes de llegar
a ser lo que se llama una actriz.
Los demás
personajes, por incidentales pasan inadvertidos. La dirección de Julián Duprez y la escenografía de Antonio López Mancera, no
cargan en su haber ni pena ni gloria.
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