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Hace varios años que rueda por las contadurías teatrales una pieza de Hugh Mills que su traductor don Eleazar Canale tituló Los peligros de la pureza. Pertenece la traducción y adaptación a aquella época del vodevil delirante, cuya atracción se iniciaba por el título y concluía con el desnudo a como diera lugar. Esta pieza de Mills no es, ni con mucho, vodevilesca. Es, simplemente, una comedia tonta con aspiraciones a convertirse en graciosa. Una aristócrata inglesa educa a su unigénito tan cosido a sus faldas que llegado el momento de tomar esposa y hacerla su mujer, no sabe qué hacer con ella. La madre recurre a una antigua amiga, viuda de un francés, para que le enseñe algo a su hijo. Y le enseña todo. |
trabajo estéril el de los empeñosos intérpretes, tan... empeñados en sacar adelante la pieza que la convierten en farsa y tratan de hacer reír al público a como dé lugar. Que la empresa tomó en serio la representación de Los peligros de la pureza, lo revelan la suntuosidad y la propiedad del vestuario, y la riqueza de la escenografía. Pero esto, que viste a una obra, no influye en la interpretación ni en el mérito de ella. |