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Cada pueblo tiene su humor. Es famoso el humor de los ingleses que, traducido al castellano, maneja con fina sobriedad Carlos León. El humor de los andaluces está regado por todo el mundo y creo que hasta en las más recientes repúblicas del Africa se sabe del ingenio vivo y crepitante de los sevillanos, distinto al seco y filosófico de los cordobeses o al ágil y gracioso como el revuelto de un faralaer del malagueño. El ingenio de los madrileños es travieso y localista. El ingenio de Jardiel Poncela, hecho en Madrid, es único; muy elaborado y espontáneo, sorpresivo, juego de palabras más que de situaciones que el de Muñoz Seca, andaluz por los cuatro costados o el vivaz y transitorio de García Alvarez, madrileño también, según creo, tan pasajero por epidérmico. |
repentista Jardiel Poncela. Soler hace una creación del desmemoriado doctor Cumberri, al que sazona con sal y pimienta propias, y otra Víctor Velázquez del marido que es engañado tan... decentemente. Dina de Marco se ha convertido en excelente actriz profesional y como la acompañan, igual que a las princesas egipcias, los lebreles de su juventud y su hermosura, y por cómo actúa y se le ve, se le perdona que cometa un adulterio tan... decente. Germán Robles confirma su profesionalismo en un personaje más falso que la propaganda política, y para que nada falte en esta delirante y entonada creación de un teatro absurdo, Armando Arriola hace gala de su veteranía maestra y Margarita Villegas, aparte de lucir inquietantes encantos, se manifiesta como una actriz que habla bien, transita con soltura por la escena y hace pensar que está destinada a mayores empeños e interpretaciones más responsables.
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