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Espectros de Enrique Ibsen, en la sala Chopin por Lola del Río

Armando de Maria y Campos

    Durante muchos años, la pieza de Ibsen, Espectros, fue considerada de prueba para primeros actores. Esto ocurrió a fines del siglo pasado, porque Espectros subió a escena el año 1881. Era la época de los grandes actores. Andrea Maggi la representó en México en febrero de 1896, sin éxito, según un cronista doctor de El Diario del Hogar, quien declaró no estar conforme con la opinión de que Maggi interpretó a maravilla el enfermo que Ibsen nos presenta en su drama científico... "Maggi, debe ir a los hospitales a estudiar de cerca a los enfermos de reblandecimiento cerebral y se convencerá de cuán injustificados son los elogios que, por exceso de galantería, le tributaron los cronistas".
    Los gustos de los públicos cambian y su sensibilidad también y al cabo de los años se vienen a dar cuenta de que no es Osvaldo, como se creyó, el protagonista de la obra, sino su madre, y que lo genial de Espectros reside en que el observatorio del tremendo drama del hogar, por el que transitan los espectros, está dentro de la conciencia de una mujer -la señora Alving-, quien poco a poco se va liberando de "las ideas corrientes que el mundo admite sin examen", hasta que, cuando acaba de emanciparse, es para enfrentar la última víctima de esos espectros, su propio hijo Osvaldo. El asunto del drama de Ibsen es el espejismo de una vida gozosa a la que Elena Alving se va acercando, con ansia desesperada, ya demasiado tardía, conmovedora por lo ejemplar de tanto coraje mental. Las terribles cuestiones que Elena Alving se ha planteado: ¿la moral y la religión, son nefandas? ¿El sacerdote que

defiende esos ideales, es un ridículo?; ¿es posible que Osvaldo se case con su hermanastra?; ¿los matrimonios son contratos económicos?; ¿si el hijo sufre, debe la madre matarlo, amorosamente? El ansia de plenitud moral de Elena Alving -el leitmotiv ibseniano- se abre paso y se funde entre los espectros de la moralidad corriente que el estrecho criterio del pastor Manders simboliza.

  Espectros suscitó histerismos colectivos en toda Europa. Directores y autores rehusaron la pieza, los libreros no querían vender el libro y hasta los gobiernos intervinieron para impedir que se contaminara el aire espiritual con los miasmas de tanta obscenidad artística. Las ideas de las sociedades evolucionaron y el caso de Osvaldo cuenta, ahora, poco, pero el de Elena Alving, la madre, continúa en pie, en medio de la escena universal, pugnando por abrirse paso entre las sombras, entre los fantasmas, entre los espectros... de un mundo de ideas ya superado en lo absoluto.
    Nuestra Lola del Río, actriz cinematográfica de prestigio internacional, eligió el personaje de la viuda Alving para volver por cuatro semanas a la escena nacional. Generoso y desinteresado gesto el suyo de amor al teatro, al que sirve con su gran dominio de la actuación y su fino temperamento dramático. En la señora Alving está convincente, y con esto queremos decir que por cualquier ángulo que se le mire catequiza al espectador como una mujer de los días negros que vivió el personaje, que sabe habitar con reacciones de técnica dramática contemporánea. Cuando se despoje de los nervios que

sacudieron su responsabilidad artística durante la primera representación, convencerá aún a los más exigentes.
    Julián Soler retornó a la escena después de 15 años de ausencia actoral y como lo que bien se aprende de joven no se olvida nunca, creó un pastor Manders, personaje anacrónico a estas alturas de la vida de la humanidad, pero no por eso menos humano, sencillo, dueño del terreno escénico que pisaba. El Osvaldo, otrora personaje de análisis médicos y discusiones propias de la época en que vio la luz de las candilejas, fue interpretado con realismo dramático, sin hacer alardes de su mal hereditario -ahora superado por los adelantos de la medicina- y con ponderados recursos de expresión teatral por un joven actor de gran talento, Jorge del Campo. Personajes anecdóticos son el cónico Engstrand y su supuesta hija Regina, a cargo de Guillermo Zetina y Adriana Roel, que enlazaron y anudaron la acción y el clima dramáticos de esta tragedia familiar del siglo pasado, con naturalidad y eficacia.
    La dirección de Lew Railey, se ciñó a darle veracidad escénica a un texto que por sí solo se explica, sin alardear de recursos inútiles, atento a servir con amoroso celo el drama íntimo de la señora Alving, en la vida real de su esposa, Dolores del Río. La traducción de Salvador Novo, muy castiza y probablemente ligeramente podada... cual debe ser. David Antón reprodujo con lealtad histórica un interior de una casa noruega a la orilla de un fiord a mediados del año 1881.
    El público, que asistió curioso, se retiró del teatro satisfecho.